lunes 24 de enero de 2011

CARNE DE MI CARNE

Un cuerpo en la pendiente, tal era el nombre de la novela; un policial árido, con gangsters bestiales, convertibles de lujo, hembras exuberantes y promiscuas.
Braulio la leía y releía cada noche, en medio de congestiones y temblores febriles. Era un joven pobre, acosado por el hambre y sólo hallaba alegrías en la literatura barata y descarnada del pulp, poblada de héroes tan hambrientos y deseosos como él.
Braulio añoraba los peligros del poder sin ética, la decadencia urbana y el sexo salvaje del texto. Le emocionaban hasta las lágrimas las peripecias de su protagonista, joven pendenciero y traficante de drogas duras. Ardía en un deseo impotente por la chica rubia, ex adicta, dulcemente fácil. El cansancio y la debilidad de sus miembros pasaban entonces a un quinto plano. Por algunas horas, todas las noches, Braulio era feliz.
Aquella madrugada su padre acudió de improviso al jergón donde reposaba. Le arrebató la novela de las manos y la prendió fuego. El progenitor analfabeto no comprendía la devoción de su vástago por aquel sofisticado artefacto de la naciente cultura popular, nueva droga inofensiva para evadir la tristeza del destino proletario.
Llegó la mañana. Braulio abandonó el cuchitril y su andar vacilante lo condujo como de costumbre, al matadero. A la desolación sin fantasías. A la masacre y la congelación. Al soplo fatal del ántrax.


La madre imploraba, de rodillas:
¡Por favor, Anastasio! ¡Déjalo que siga estudiando! ¡Con su inteligencia prodigiosa nos librará de esta existencia de miserias!...
Pero el padre no se conmovió:
¡Qué inteligencia ni que ocho cuartos! Se la pasa el día tirado, leyendo esas inmundicias. Que vaya a ganarse el pan, como sus nueve hermanos.
No lo obligues, Anastasio, insistió la madre. Míralo, es tan frágil y sabio… ¡no lo soportará!
¡Basta, Filomena! Este mequetrefe es tan cabecita como yo, y tú lo estás convenciendo de que se volverá científico. Déjate de jorobar y vuelve a tus quehaceres, que para imponer voluntad en este hogar te falta lo que a mí me sobra y tu bien conoces, y hasta disfrutas. Y en cuanto a este… agregó, dirigiéndose al menor de sus hijos:
¡El que no trabaja no come! ¡Vaya a hacerse hombre de una vez, caracho!
La madre lloró en silencio.
El hijo en cambio, volvió la mirada a su interior. A sus utopías de violencia desenfrenada y sin culpa. Deseó ser fuerte e imponerse, rechazar el arbitrario yugo. Y a lo único que atinó fue abrazarse el pecho flaco, porque no era más que un adolescente soñador.


Braulio observaba las úlceras azules enquistadas a lo largo del costillar, presa del asco y la fascinación. Sus compañeros de faenas devoraban con ansias.
¡Dionisio! ¡Hilario!, los interpeló, aturdido, sin poder contenerse: ¡morirán! ¡morirán envenenados!
Cosa nuestra, respondieron a dúo. Y tu no viste nada, ojito, añadió Hilario.
Los dos no pasaban de los veinte pero sus semblantes curtidos por el frío y las privaciones descubrían la vejez prematura que otorga la pobreza.
Morirán embichados. Es carne podrida, compañeros.
Carne podrida pero carne al fin. La necesitamos para seguir viviendo. ¿Qué otra carne le queda por comer al ácrata, si no? reflexionó Dionisio, sin dejar de engullir.
Pero las cosas cambiarán pronto. Golpearemos este sistema hasta hundirlo en el pantano de donde nunca debió emerger. Y para eso necesitamos estar fuertes.
¿Por qué no pruebas?, lo animó Hilario. Un cachito, nomás. Verás que buen corte.
Antes prefiero tragar mis propias defecaciones.
Los matarifes rieron amargamente.
Pero míralo al cabecita con pretensiones.
¿Acaso el sistema no te ha hecho tragar suficientes heces, chambón?
Pareciera que no porque está cada día más chupado. Ven y aliméntate con nosotros, no te comportes como un afeminado burgués.
No, no lo haré. No me alimentaré de esa bazofia.
Sus compañeros lo arrojaron de bruces frente a la parrilla.
Aprende esta lección, badulaque. Hay que ser fuerte con la vida. Hay que asimilarla entera. O lo haces por las buenas o te lo haremos tragar nosotros, a empellones.
Braulio raspó las llagas con un cuchillo, resignado al abuso. Cerró los ojos, masticó y tragó, reprimiendo la nausea. Sus inhibiciones se fugaron de inmediato. Como un recién nacido que halla el seno y se aferra desesperadamente, así se nutrió Braulio de la podredumbre. Respiró profundo, henchidos de nueva vida los pulmones. Pero en su pecho palpitó una sangre extraña y destructora.
¡Ni dios ni amo!, exclamaron sus camaradas.
Ni dios ni amo, musitó Braulio, distante.


¿Por qué somos pobres, mamita?
Porque hay quienes creen necesitar más de lo que su propia alma les ofrece, hijito. Y así, arrebatan al resto la posibilidad de una vida digna.
¿Y qué es el alma?
Es aquello más puro, que jamás se somete. Es lo que mantiene tus sueños vivos.
¿Y dónde está?
Dentro del corazón, mi pequeñito. Siéntela.
La siento.
Prométeme que nunca permitirás que te la arrebaten.
Nunca debes permitir que te arrebaten tus sueños. Tus sueños son los míos también.
No lo haré, mamita. No lo permitiré. Protegeré siempre nuestros sueños.
Sé que lo harás, mi pequeñito. Lo sé.


Por Dios, qué fornido te has puesto, Braulio, dijo Dora, sorprendida, con un dejo de decepción. ¿Qué te ha sucedido, por qué has cambiado tanto? ¿Estás enfermo?
Qué idiota eres, muchacha. Me encuentro más sano que nunca. Y ahora te gusto ¿verdad? Ahora que mis carnes desgarran las costuras de mis camisas querrás ser mi prometida, ¿verdad que sí, Dorita?
No lo se, Braulio. No te ofendas pero me agradabas más cuando eras esbelto y delicado, como un poeta maldito.
¡Un tuberculoso, eso era!
Y ahora te ves tan… ¡grueso!
La joven hizo una mueca de disgusto.
Ahora soy un hombre de verdad. Puedo formar un hogar y darte muchos hijos.
¡Pero qué dices, Braulio! Somos jóvenes aún, y pobres. No querrás que nos condenemos como nuestros padres. ¡Y antes preferiría que bajes de peso, por Dios!
Braulio sintió un deseo inusitado de probar su hombría y arrebató a Dora por el talle.
Pues a mi me urge esparcir mi simiente ya mismo.
¡¿Qué pretendes, bruto?! ¡Suéltame, no te amo!
Qué importa el amor, Dorita. Hay cosas mucho más intensas.
Braulio poseyó a Dora por la fuerza. Ella gritó y suplicó en vano, tan frenético era el deseo del joven.
Bésame al menos, pidió ella entonces, abatida y sumisa. Que no sea tan brutal esta experiencia de por si horrorosa, gimió.
Braulio acercó sus labios a los de Dora. Pero no vio un adorno de seducción femenina en ellos. Eran carne. Y los devoró a mordiscones, como un perro famélico. Dora aulló y pateó hasta perder la conciencia. Al verla floja, como muerta, el clímax de Braulio se disparó. Borbotones de esperma corrosivo manaron de su enorme miembro erecto, deshaciendo el bajo vientre de su amiga.
El resto del cuerpo grácil, admirado y codiciado por muchos hombres (y hasta algunas mujeres) se derritió de a poco, transformado en una sopa ameboidea. Braulio chapoteó sobre él, entregado a sus últimos espasmos. Luego se puso en pie y volvió a sus quehaceres, aliviada toda tensión.


¿Por qué morimos, mamita?
Es la ley de la vida, hijito. Es la naturaleza que nos hace ir. No importa por qué morimos, si no cómo vivimos.
¿Y dónde vamos cuando morimos?
Muchos dicen que los buenos van al cielo y los malos al infierno. Pero tu no les creas pequeñito… cuando morimos, vamos al más allá.
¿Y dónde queda el más allá?
En todas las cosas que nos rodean. En los elementos. En el aire, el agua, la tierra y el fuego. Y en nosotros mismos.
¿En nosotros mismos?
Si, mi niño. Dentro de nuestro corazón. Junto con nuestras almas.
No quiero que te mueras, mamita. No quiero separarme nunca de ti.
Es la ley, mi vida. Todos moriremos algún día. Todos nos separaremos. Y luego nos encontraremos en el más allá.
Yo iré a tu corazón y allí me quedaré. Con nuestros sueños.
Allí te esperaré, mi niño.


El padre estudió sin alterarse la apariencia rozagante y el atuendo costoso de su hijo.
Por supuesto, jamás serás un hombre como yo. Debiste transformarte en un criminal para obtener lo que yo gané con el sacrificio de mis mejores años, espetó.
¿Y qué has ganado, padre?, además de callos, úlceras y hernias, rió Braulio.
¡He ganado mi dignidad!
Lo que tú llamas dignidad es la cobardía y el conformismo del débil. Es el miedo a vivir todas las posibilidades que nos ofrecen nuestros más recónditos sueños.
Ya sabía yo, farfulló el hombre. Ya sabía que aquella literatura diabólica te convertiría en un energúmeno ruin y sobrador.
Es lo que siempre quise ser.
¡Pero todavía soy tu padre y me maldigo por haberte concebido! Sin embargo, así como te di la vida, la tomaré y restituiré el honor a nuestra familia.
¿De qué honor puede hablar un agachacabeza, un esclavo asalariado? Un succionabragueta de la patronal oligarca.
El padre alzó el Winchester, hirviendo de cólera.
Arrepiéntete, zángano. Pídeme perdón de rodillas.
¡Nunca!
Braulio desabrochó su cinturón. Sus pantalones cayeron y junto con ellos, su ropa interior.
¡Pero en qué monstruo perverso has mutado! ¡Cubre tus vergüenzas, infame!
Braulio sacudió su masculinidad ante la mirada atónita de su progenitor.
¡No tienes derecho a sobrevivirme, demonio! ¡Morirás por esta depravación!
Pero antes de poder jalar del gatillo, un chorro espumeante y ácido bañó el rostro del anciano, deformando progresivamente sus facciones.
Te sobreviviré, concluyó Braulio. El hijo siempre sobrevive al padre. Esa es la única ley que estoy dispuesto a respetar


¿Por qué me huye, madre?
Porque no te reconozco, hijo.
Soy yo, soy su pequeño. Soy Braulio Bazán.
No, mi pequeño está muerto. Murió el día que perdió su alma y extravió sus sueños.
No, madre, mis sueños no se extraviaron. Mis sueños se cumplieron.
¿Estos eran tus sueños? ¿Estas desagracias, esta infamia asesina?
Sí.
Puedes ir en paz, entonces, pues condenándote has cumplido tus deseos.
Vete lejos de aquí, no soporto tu presencia.
No puedo irme todavía. Me queda un sueño por cumplir.
¿Y cuál será esa pesadilla abominable?
No es una pesadilla. Es la promesa de un niño.
Ya no eres un niño.
Pero aún lo deseo. Aún deseo estar dentro suyo, madre.

1 comentarios:

José A. García dijo...

Los deseos de los niños mueven a los adultos (y en más de un sentido) a lo largo de toda la perra vida.

Ni dios ni amo.

Saludos

J.