Para Piki, aunque hoy día no nos hablemos por culpa de su conversión a la Iglesia Evangélica Pentecostal. Por los buenos y viejos tiempos.
Empezó con la pobreza y el hambre. No quería seguir trabajando y dejé de trabajar. Y dejé de comer pero todavía conservaba una ración importante de chocolate azul del espacio. Con el chocolate me bancaba bien el hambre y cualquier cosa negativa. Se sabía de un cáncer de colon fulminante que al declararse te mataba en cuestión de horas si te enganchabas. Pero conocí mucha gente que estaba metida en el chocolate del espacio antes de que yo naciera y ni siquiera se constipaban por usarlo. Mala propaganda de asociaciones interesadas en que el ciudadano trabaje y contribuya.
No tenía luz ni gas ni agua y esa vez me hice un té en lo de mi vecino. Era un viejo tucumano muy supersticioso y se notaba que yo no le gustaba en un sentido esotérico, pero por ser del interior se sentía obligado a ayudar a los demás. Después de que me hice el té me pidió que por favor lo fuese a tomar en mi propia casa.
Me senté en el piso de la cocina para estar más fresca y me puse a imaginar y tratar de escribir. Quería escribir una novela pero el cuelgue del chocolate y la mala nutrición me tiraban para atrás. Lo único que producía eran cosas cortas. En ese momento trabajaba en una historia donde dos extraterrestres cogían entre ellos y eran descubiertos por seres humanos en el jardín de su casa. O en el arenero de una plaza, con niños jugando. Los humanos los mataban mientras cogían, por indignación o miedo. O los niños, por error o jugando. A pesar de la frustración de no poder sostener una historia por más de tres páginas, nunca dejé de soñar con escribir un texto de ciencia ficción largo, venderlo, triunfar y salir de mi barrio de mierda. Y de paso poder comprarme todo el chocolate azul del espacio que se me cantara la concha. Sabía que era un proyecto difícil por culpa de mi trastorno autodestructivo de la personalidad, pero la idea me sostenía y terminaba sirviéndome para pasar los días con esperanza.
Apoyé la espalda contra la puerta y exploré los cuerpos alienígenas de mi ensueño ficcional. Mi gran problema eran los aparatos. No se me ocurría cómo fabricar una concha o una verga extraterrestre novedosa, algo por lo que un editor me pudiera pagar. La cogida era el punto fuerte de la historia y me daba cuenta de que mi ingenio tenía que ir por el lado de los genitales, su diseño y utilización. El remate -que era la muerte- no necesitaba tanto detalle. A lo mejor ni los mataba. A lo mejor los hacía invadir cuerpos humanos y seguían garchando y reproducían una raza nueva. Podría crear una saga. Seres con gran resistencia a las necesidades fisiológicas. Predadores amorales. Todo con noise rock y orgías y violencia.
Y ahí apareció Piki, llamando a la puerta. Golpeando fuerte, chiflando, gritando mi nombre. No me dejaba hacerme la boluda.
Seguí por un rato, mintiéndome que no la escuchaba, con los extraterrestres encerrados adentro de mi cabeza, sin coger aún pero queriendo, sin haberse visto desnudos, con ganas de darse masa y todavía sin cuerpo. De vez en cuando me distraía y les ponía una concha y una pija humanas y los veía dándose matraca, sin terminar de experimentar nada positivo.
Piki golpeaba, pateaba y me llamaba. La sentía en los riñones. Tuve que abrir. Entró con un taper lleno de yerba, un termo y un mate grande de madera.
Te traje cacha-mate, me dijo, y golpeó la mesa con el recipiente de plástico.
No puedo tomar mate, estoy tomando té, le dije.
No seas maricona, me dijo.
Me hace vomitar el mate.
Esta yerba te hace re bien, boluda. Es para limpiarte los intestinos.
Me hundí otra vez en la fantasía, visualizando a mis aliens, sin poder captarles los bichos. Eran monigotes, animales asexuados. Qué frustración, puta madre.
No puedo, posta, tengo el estómago vacío, le dije a Piki, rechazándole el mate.
Ella se arrugó toda como si fuera a llorar. Le tembló un labio.
¿Qué? ¿Me vas a despreciar?
Pero si lo tomo me va dar diarrea.
Dale, dejate de joder la cotorra.
Pensé en una cotorra mutada en una concha y no me pasó nada.
Tomá, me dijo y me obligó a agarrar el mate muy lleno. ¿Por qué te ponés esos jeans?, tan re mal cortados, te queda como mi ojete con esas patas flacas que tenés.
Me miré el jean cortado hasta el comienzo del muslo. No me pareció que me quedara peor que a ella. Chupé la bombilla y conté en voz baja, pensando que por hacerlo no me iba a caer tan mal. Uno, dos, tres, seis, nueve, quince. Terminé de tomar, toda transpirada.
Estás toda traspirada, vamos afuera.
No, afuera, no.
Por.
No se, están los vecinos, no los quiero ver.
Bueno, pero acá no se puede estar, vamos afuera.
Me puso el equipo de mate entre los brazos y me empujó al jardín. Nos sentamos a la sombra del árbol de níspero, encima de unos baldes de plástico, a pocos metros del patio de mis vecinos.
¿Y esos borreguitos sucios?Piki apuntó con el dedo a dos pendejos de ocho o nueve años. Jugaban cerca de nosotras, separados por un alambrado caído.
Uno es hijo de mis vecinos. El otro no se.
Miralos. Si fueran míos, los re cago a palos.
El más grande le hundió la cabeza al más flaquito en un balde de albañil. Por suerte para él, el balde se ladeó y el agua se derramó enseguida. El grande lo alzó por el pelo y le pegó una piña en el estómago. El chiquito quedó con la boca abierta, haciendo fuerza para respirar. El pendejo grande me miró a los ojos. Las tripas me crujieron, me las apreté con las dos manos.
Piki me hablaba de un tipo con el que había estado cagándolo al marido.
Lo conozco desde que tiene diez años, ahora tiene veintidós. Yo lo veía y pensaba, qué lindo nene, y cuando cumplió los veintidos va y me dice, yo te amo. Dejate de joder, le digo, pendejo sucio, yo podría ser tu mamá. Mi mamá no, hermosa, mi hermana mayor, ajaja. Qué pajero que sos. No, cómo pajero, yo te amo. Bueno, si me amás esperá a cumplir los veinte. Por qué veinte. Porque sí, yo soy una mujer grande. No, mi amor, si me llevás diez años nomás. Bueno, vos esperá a cumplir veinte. Ya cumplí veinte hace dos años, mi amor, y ahora qué hacemos. Nada, le digo. Te doy unos besos, hermosa. Y besa re bien el pendejo sucio.
No pude escuchar más. El nene grande nos dio la espalda, entretenido con un juego de cartas de Dragon Ball. Ese nene podría ser uno de los alienígenas de mi historia, pensé. Tiene carne y es malvado. Un niño alienígena apto para disfrutar del erotismo. Es violento y golpea a otro niño alienígena. Lo somete y lo transforma en su esclavo sexual. Los dos perdidos en la Tierra, tratando de sobrevivir, aprendiendo de los humanos, creciendo y evolucionando. No necesitaban genitales copados para eso. Acá había un núcleo dramático de donde agarrarse. Tiene que empezar con ellos cogiendo porque todo empieza con una cogida. Si hago que ese pendejo sea un alien, si lo miro y me grabo sus acciones, si puedo mezclarlo con las formas que se mueven en mi cabeza, voy a conseguir la realidad de la vida. La carne es la que llena cualquier página de lo que sea. Tengo que escribir la carne de alguien, eso lo va a querer comprar cualquiera. Me sentí superior.
Y me pasaron dos cosas. Primero vomité el mate. Segundo, floté. Mis pies no tocaban el piso. Piki seguía sentada, los pies me quedaron a la altura de sus rodillas.
Un montón me besó. Y me dice, bueno, ¿qué hacemos? No se ¿tenés forros? No, no tengo acá. Entonces no hacemos nada. Pero mi amor, yo te amo, yo puedo acabar afuera. Ni en pedo, sucio, ratón. Entonces me voy mi amor, si así no te sirvo, qué lástima, chau, te amo. Pará pendejo ¿a dónde vas? ¿Qué, me vas a dejar así? ¿Cómo? Sí, ¿qué hago ahora yo, me mojaste toda, ¿me vas a dejar así? No, mami, cómo te voy a dejar toda mojadita, ajaja. Entonces ahí nomás va y me come toda la cotorra el pendejo, no sabés que bien me la comió, no le tenía que explicar nada, él solo.
Dos chorritos de pis trenzados fueron deslizándose por la cara interna de mi muslo. Los pendejos al otro lado del alambrado me miraron. El chico golpeado se desentendió de mí enseguida, todavía con dificultad para respirar. El grande atendía muy concentrado la trayectoria de mi orina.
Qué mirás, eh, vos, mocoso de mierda, fiero, le gritó Piki.
Me voy a morir. Ayudame, por favor, le dije.
Ese mocoso de mierda, fijate como se nos queda mirando, qué maleducado. Sabés cómo lo cago a palos si llega a ser mi hijo, no sabés.
Ayudame, tengo miedo.
¿Qué te pasa, boluda? ¿Qué querés que te ayude?
Estoy flotando. Me voy a morir.
Al nene le brillaban los ojos. A mi me crujieron de nuevo las tripas. Un chorro de mierda líquida acompañó la trenza de pipí dorada. Mis pies ya habían alcanzado la cabeza desteñida de Piki. Le apoyé el dedo gordo en la raíz negra. Ella no registró nada. Le grité desde arriba.
No estoy pisando. ¡Floto!, ¿no ves? ¡Ayudame, forra!
Me puse a llorar.
Ayudame, por favor.
Tas loca, de tanta falopa que tomás. El cerebro lo tenés flotando ¡Y estás toda cagada, por eso miraba para acá el pendejo, sucia, falopera!
Eso es lo que digo yo, gritó la madre del nene, agarrada al tejido. Era gorda y llevaba puesta una remera del potro Rodrigo.
¿Qué le pasa a la drogadicta de tu amiga?
¿Y a vos que te pasa, gorda culeada? Educá a tus hijos, mejor, gorda puta.
Defendés a una drogadicta, es una loca, habría que ponerla presa ¿No ves lo que hace, no ves como se mea y se caga encima, adelante de las criaturas?
Ni ella ni Piki me veían flotar. El nene siguió mirándome, con la cabeza levantada.
Tu hijo es el que se la quedó mirando, el maleducado de mierda.
¡Pero si él no mira nada! ¡Está mirando el cielo! ¡Está buscándolo a Jesús, pobrecito! ¡No te das cuenta cómo lo asustó la drogadicta asquerosa de tu amiga!
El nenito más chico se derritió. Una masa informe color café con leche se arrastro por el pasto hasta los pies del nene más grande. Le entró por un dedo y se integró a su cuerpo. Hubo una explosión y vi figuras raras, animales del fondo del mar, parásitos prehistóricos. Agité las piernas, los pies, para ver si mi mierda salpicaba a alguien y se daban cuenta de mi situación real. Algo se desprendió y no pude entender, se hizo un vacío azul a mi alrededor.
Después vi mi cuerpo, desmayado en la cocina de mi casa. Piki me rociaba la cara con gotas de agua caliente del termo.
Después era casi de noche. Me vi moviendo apenas los brazos. Piki me limpiaba las piernas con pedazos de algodón que iba tirando adentro de una bolsa de nylon blanca.
Yo se que el pendejo es muy pendejo y que le gustan las viejas nada más que para coger. El me persiguió a mi, yo lo miraba no te voy a decir que como mi hijo porque el Tommy es más chiquito, pero no lo miraba como un hombre que me lo podía hacer. Yo estoy segura que desde chico se hacía la paja conmigo el sucio. El me dice que yo le hago re bien la paja, por ahí miente, por ahí es para que me sienta bien. Yo se la agarro y le tiro para atrás el cuerito y cuando asoma se la como toda.
Me siento mal, Piki, le dije desde arriba, todavía flotando en el vacío azul.
Yo también me siento mal, me dijo Piki. No quiero meterme con este pendejo, tengo treinta y dos años ya, no quiero enamorarme de un pendejo. Encima es re sucio. La otra vez me la metió en el culo, así nomás, sin forro y después va y me la mete de nuevo en la cachucha. Qué hijo de puta, ¿qué hacés? Nada, mi amor, te hago gozar. No, pendejo roñoso, no es así. Anda a lavarte. Andá y voy yo también ¿Para qué me voy a lavar?, me gusta tu caquita, mi amor. No, la concha de tu madre, andá a lavarte te digo. Bueno mi amor, no te pongas así, yo te amo.
Las paredes del vacío azul temblaron, cargadas de voces, de suspiros, de ideas que fui entendiendo poco a poco y me llenaron de angustia y soledad.
¿Puedo ir a comer a tu casa? le grité de nuevo a Piki, tratando de que siguiéramos en contacto, de no irme del todo.
Si, venite. En casa tengo milanesas de berenjena, me contestó.
La fuerza azul me chupó en espiral y no me vi más. Lloré con la boca muy abierta y muda.
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