
Para Fernanda, mujer y mutante
Eran épocas de inocencia, de grandes automóviles, de niños jugando al aire libre. Sin lenguaje procaz en la recién nacida TV, ni horror a la inseguridad. Épocas remotas, de frágil candor. Pero el sordo eco del instinto persistía.
El sol inundaba el jardín y el aire primaveral era tibio. Rosaura, de diez años y su primo Ernesto, un poco mayor, corrían riendo y trepando árboles. Durante una pausa, Ernesto se puso serio y preguntó:
¿Qué quieres ser cuando crezcas, Rosaura, bonita?
¡Presidenta! respondió Rosaura, orgullosa de sí misma.
Olvídalo, no podrás. Las mujeres no saben mandar.
Entonces quiero ser detective privado.
No, las mujeres tampoco hacen eso, no son tan inteligentes. Elige otra cosa.
¡Ya sé! Seré boxeadora.
No seas tilinga. ¡Elige una ocupación de mujer!
No se… no se me ocurre ninguna divertida.
Yo conozco una que puede divertirte a montones.
¿Si, primito? ¡Dímela por favor!, rogó la niña, expectante.
¡Ramera! ¡Eso es lo que serás!, gritó Ernesto, transfigurado por el desprecio.
¿Y qué es una ramera?
Acércate más y te mostraré.
El sol primaveral descendía detrás de las copas de los cipreses. Lo mismo que la pureza mancillada de Rosaura.
¡Padrecito! sollozó una Rosaura adolescente, tímida y desgarbada, temblando frente al confesionario. ¡Padrecito, me sucedió algo espantoso!
Has pecado, ovejita díscola. Desahógate y confía en la piedad divina.
No, padre, no fui yo… me han forzado.
¿Y quién ha sido, hija?
Mi profesor de literatura. Me obligó durante una clase particular… en su propia casa… ¡con su esposa en la habitación contigua!
El sacerdote levantó una ceja, indignado. Luego, para sorpresa de Rosaura, preguntó:
¿Y qué fue lo que hiciste tú para provocar a ese pobre hombre, desgraciada?
¡Nada, padre! ¿Qué podría hacer yo, si todos me señalan lo vulgar y poco atractiva que soy?
¡Patrañas! clamó el guardián de fe. ¡Admítelo, pecadora! ¡Admite que lo tentaste, con pleno disfrute de tu acción impía!
¡No, Padre, no! ¿Cómo iba a disfrutar de ese horror? ¡Me ha hecho mucho daño!
Rosaura se echó a llorar.
Lágrimas de cocodrilo, dictaminó el sacerdote y abandonó intempestivamente su sitial de escucha.
¡Deja de fingir, víbora! Es claro que fuiste a él con alguna prenda inmoral, un escote pronunciado…
¡Pero, Padre! ¿No ve que mi busto es insignificante?, se lamentó la jovencita sacando el pecho magro.
¡Y te atreves a enseñármelo, meretriz!
El sacerdote arrastró a Rosaura por los pelos y la introdujo a patadas en la sacristía. Allí rasgó sus ropas, desnudándola toda. Tomó una fusta colgada debajo de un gran crucifijo y la azotó de pies a cabeza.
¡Soy inocente, Padre! ¡No he sido yo, lo juro! ¡Piedad!
¡Inocente dices! Y si eres inocente… ¿cómo explicas que ahora mismo mi razón se nuble por el deseo de fornicarte, ramera? ¿Cómo excusas esta lujuria que quiebra mi resistencia y emana sin dudas de tus corruptas formas?
¡Padre! ¡No! ¡No fue mi intención!
¡Oveja descarriada! ¡Confiésalo! ¡Confiesa que viniste hasta mí para seducirme, igual que al otro! ¡Confiesa tu culpa o no respondo de mí!
¡No es mi culpa, soy inocente! ¡Es culpa de Satán!
¡Satán eres tú! ¡Todas las mujeres lo son!, clamó el Padre, bajando el látigo y arrancándose la sotana.
Años más tarde, Rosaura tomaba su almuerzo en el gran comedor de la fábrica junto a las demás operarias. Apuraba los bocados sin dejar de leer su volumen de Ricky Drayton.
¿Qué es eso que lees? ¿Literatura barata y misógina? indagó Paulina, una voluptuosa operaria sindicalista sentada a su lado. Rosaura no respondió, absorta en su lectura.
Paulina leyó el título en voz alta: Un cadáver de visita. Además de machista, parece morboso y degenerado, agregó despectiva.
Lo es, aseveró Rosaura, harta de interrupciones. Y así me gusta. Amo los homicidios y la sangre.
¿Te agrada la violencia? ¿La brutalidad orgullosa? ¿La decadencia del macho revestida de voluntad de poder?
Si. Yo quisiera ser macho también. Y poderoso. Y así le enseñaría a unos cuantos. Si fuese un macho de pelo en pecho como Ricky Drayton, les rompería a todos el orgullo a patadas.
Un destello oscuro en sus pupilas configuró sutilmente el deseo de venganza. A Paulina la ablandó aquella declaración en boca de alguien de su mismo sexo.
Te lastimaron, los muy brutos. Es eso ¿verdad?
Lo suficiente como para que desee poseer la escoria blandengue que los hace lo que son.
La preciosa sindicalista suspiró, constreñida por su naturaleza honesta:
Yo también quisiera… ser hombre y esgrimir mi autosuficiencia ante quien fuere…
¡No!, exclamó Rosaura. ¡Con lo bella que eres!… y bajó la vista, sonrojada de deleite por la profusión de curvas y el encanto ingenuo de Paulina. No desees algo tan espantoso.
¡Aborrezco mi belleza! repuso ésta. Nadie me aprecia por lo que en verdad soy.
Yo sí te aprecio. Eres una camarada valiente que lucha contra la opresión burguesa… ¡y eres tan hermosa!
Las miradas de las jóvenes se cruzaron. Hubo un travieso chisporroteo, un encantamiento prohibido.
Rosaura… eres tan distinta. Quisiera ser como tu. Dueña de un pecho libre de esta carga sensual que a mi me oprime.
¡No sabes lo que deseas! Pero yo sí.
La muchacha posó apenas las yemas de sus dedos sobre el muslo próximo, tibio y abundante. Paulina no opuso resistencia.
Tienes el busto más perfecto que se pueda hallar. Lo que daría por recostarme sobre él.
Si eso pudiese calmar tus… terribles desdichas… claro que lo permitiré, balbuceó Paulina, excitada.
Ninguna de sus compañeras dio cuenta del intercambio de caricias, embrutecidas como estaban por la aplastante monotonía industrial.
Pero el supervisor de su área las contemplaba, incrédulo y arrobado. Y cuando ellas acabaron el almuerzo, las siguió furtivamente hasta las zonas de drenaje de las substancias contaminantes.
¡Rameras sucias y anormales! ¡Así quería encontrarlas! ¡Entregadas como perras en celo a la cópula sáfica!
De inmediato las muchachas cubrieron su desnudez. Sin desmayarse, Rosaura enfrentó al supervisor.
El degenerado es usted, que nos espía. Nosotras… nosotras nos amamos, gorila.
¿Amor llamas a la desvergüenza que ejecutabas en el bajo vientre de esa zorra candente? El amor es entre macho y hembra, como Dios manda.
Como si el macho tuviese capacidad para el verdadero amor, apuntó Paulina con sorna. No sirven si no como padrillos.
No malgastes tu limitado cociente intelectual, chirusa. Poco me importa el juicio de una ninfómana. Voy a denunciarlas por pervertidas y por escabullirse de sus tareas. A menos, claro, que…
El supervisor zarandeo obscenamente la pelvis, sobándose la curvatura de su notoria erección.
Nos chantajea, miserable. Pero nadie le creerá. Soy delegada del sindicato. Atrévase a injuriarme y seré yo quien denuncie su abuso.
¡A ti es a quien no creerán, trastornada! Soy hombre y nadie dudará de mi palabra. En cambio, las hembras no son dignas de crédito. Es el embuste lo que constituye su patética identidad.
¡Canalla! ¡Ni muertas nos tendrás!
¡Déjalo, Paulina!
Rosaura, cabizbaja, dio un paso en dirección al supervisor.
Nada podemos hacer nosotras. Ellos siempre ganan. Siempre.
¿Qué te sucede, Rosaura?
Abuelita… Ernesto me ha herido.
Pues ya te dije, niña, que no juegues con los varones. ¿Por qué no vas con las hijas de los vecinos? Tienen una casa de muñecas primorosa.
Es tarde para eso, abuelita.
¿Qué dices, angelito? ¡Tarde! Si es la hora perfecta, de la merienda y los dulces juegos en ronda.
Abuelita… es tarde… ahora soy una ramera.
¡Asqueroso! ¡No la toques!
Paulina apartó iracunda las ávidas garras masculinas del cuerpo de su amada.
Tómame a mí en su lugar.
¡Paulina, amor mío! ¡Eres pura, no sabes a lo que te expones!
Paulina ignoró la súplica de Rosaura.
Tómame, animal. Sométeme. Vierte tu abominable jugo en mis cavidades virginales.
El agresor sonrió, lisonjeado por verse un trofeo de carne
¿Qué te sucede, bruja? ¿Tanto deseas que estrenen tu himen? ¡Espera tu turno y prometo calmar ese furor uterino!
No antes de que yo arranque con mis dientes la blanda bazofia que meneas en tus noches solitarias, vibró la voz ronca de Rosaura, como despertando de un sueño profundo, oceánico.
No debes rebelarte, jamás, Rosaura. Las mujeres nacimos para obedecer.
¡Es un mundo horrible, abuelita! No quiero vivir en él.
Te acostumbrarás, te lo aseguro.
No, nunca. Nunca me acostumbraré.
No tienes idea de lo que son capaces los hombres. Pero pronto lo sabrás si insistes en contradecirlos. ¿Crees que el trato que te dio tu primo es el más cruel que puedes recibir? Hazme caso, niña. Di siempre que sí.
Rosaura se sacudía en vaivén sobre el humeante chirle parduzco. La pugna la había llevado hasta el borde de los grandes estanques de residuos. El hombre aullaba de dolor, sosteniéndose contra una reja metálica mientras ella intentaba ponerse a salvo, aferrada con ambas manos a la sufriente entrepierna del supervisor.
¡Suelta, perra! ¡Me desgarras, maldita!
Ayúdame a subir, infeliz.
¡Suéltame y lo haré!
¿Tan imbécil me crees? ¡Si te suelto me hundiré en la inmundicia! Quita tu pie de mi rostro y déjame trepar por la reja. ¡Ahora!
¡Primero, suéltame!
¡Jamás!
¡Si no lo haces, te mataré! ¡No permitiré que me castres!
¡Ya no resisto! ¡Ayúdame ahora o vuélvete eunuco!
¡Maldita ramera! ¡Maldita ramera lesbiana!
Hubo un sonido peculiar: el ruido de la epidermis al rasgarse y desprenderse, al que pronto se superpuso el horrendo alarido de un hombre mutilado.
Las corrientes tóxicas empujaron a la muchacha inconsciente directo a la boca de los pestilentes drenajes.
Entonces, no seré Presidenta.
No, niña. Las mujeres no podemos aspirar a nada semejante.
Ni boxeadora, tampoco.
¿Y por qué querrías hacer algo tan monstruoso como golpear y ser golpeada?
Para hacerles pagar, abuelita.
Es inútil, nada podemos hacer nosotras. Ellos siempre ganan, Rosaura. Siempre.
Pálido de horror, el obispo cayó sobre su rodilla, en una genuflexión involuntaria.
¡Muchacha! ¿Quién eres? ¿Cómo osas exhibir tu repugnante condición en la casa de Dios?
¿No me reconoce, Padre?
Rosaura señaló el suntuoso atavío del clérigo y con el mismo índice hurgó sus narices.
Parece que le ha ido bien en sus negocios y lo han promovido de rango. Cuénteme de sus obras, Padre. Cuénteme de todas las muchachas a las que salvó del pecado y convirtió en sus… ¡ovejas!
¡Acaso tu me conoces a mí?¿Acaso conoces a Nuestro Señor Jesucristo? ¡Cubre tu desnudez, infame! ¡Y ve a lavar esa vil putrefacción que te percude!
Rosaura alzó su pecho infantil, ennegrecido por la materia corrupta de los drenajes, y se insinuó grotescamente.
¿No es así como venimos al mundo, Padre? ¿Completamente desnudos? ¿Sucios de la sangre y las heces de nuestras propias madres?
¡Blasfema! Un demonio, eso eres. La fetidez y la arrogancia confirman tu atroz origen.
Sí. Un demonio. Cierto día, hace varios años, me tachó de diabla. Tal vez no lo fuera entonces, si no sólo una niña humillada en busca de protección. En cualquier caso, resultó ser usted un santo varón de su Iglesia… ¡pues sus palabras fueron proféticas!
La porción de carne negra y elástica del pubis explotó de la nada, se replegó e irguió, modificándose molecularmente en un falo de talla descomunal. Siguió creciendo, estirándose, latiendo en racimos venosos.
Del polvo venimos, Padre.
La carne se eyectó plena de vigor, penetrando la boca del obispo, abierta de asombro y consternación; y sin tregua en su impetuoso desplazamiento, deshizo el cráneo en pedazos.
Y al polvo, volvemos. Amen.
De noche, en un callejón desierto, Ernesto tomó a la joven en sus brazos y besó sus labios con fervor. Ella correspondió apasionadamente. Cuando sus rostros se despegaron, él la miró extrañado.
¿Qué te ocurre, Ernesto? ¿Por qué me miras de esa manera?
Es que tu rostro… me recuerdas a alguien.
Y dime, ¿a quién te recuerdo?
No estoy seguro. Olvídalo, no tiene importancia.
Por supuesto que la tiene. Quiero adivinar.
Ernesto hizo un ademán de fastidio.
No hay tiempo para esas bobadas.
Estrechó la delicada cintura de la muchacha contra su torso. La turgencia de los grandes senos acicateó su ya imperioso deseo.
Anda, vamos a divertirnos.
Si, dijo ella en tono meditabundo. Corramos bajo el sol, alrededor de los cipreses, Ernesto. Y cuando me des alcance, seré tu ramera.
Si así lo quieres, aprobó el joven, divertido por el comentario soez. Sólo que a esta hora hay luna llena y por aquí no se ven cipreses.
Si no hay cipreses, ni sol, entonces… ¿qué tal si mi ramera eres tú, querido?
¿Cómo dices?
Digo que tal vez quieras experimentar lo que siente una mujer al ser ultrajada. Es interesante a veces cambiar de perspectiva. Expandir tu... conciencia, si es que la tienes.
¿Qué? ¿Qué clase de comentario estúpido es ese?
Creo que acabo de adivinar a quien te recuerdo, Ernesto.
La muchacha se despojó de su vestido y el relleno de su sostén se desparramó sobre la vereda.
Tu pecho… es plano… ¡maldita perra mentirosa!
¿Es que ya no me deseas, cariño?
Lo besó con furia mientras desabrochaba sus pantalones.
No me gustan las marimachos sin busto… pero contigo haré una excepción… me agradan las perras que toman la iniciativa, gimió Ernesto, ahogado de lascivia.
Y luego el ardor se trocó en espanto.
Paulina:
Nunca volverás a verme. Rompí mi pacto con la especie. He mutado en aquello que más odiaba. Y si vieras como me place, me odiarías tú también. Eres joven, bella y valiente. Olvídame y sé feliz. Yo también lo soy, a mi manera. Olvídame tú, aunque yo nunca te olvide.
Por siempre tuya,
Rosaura
¡Bestia! ¡Bestia horrorosa! ¡Me desgarras! ¡Me rompes!
El enorme miembro fenoménico se abría paso sin vacilación, perforando contra natura la vulnerable anatomía de Ernesto.
Todavía no me reconoces, querido. ¡Anda! Di mi nombre. ¡Di mi nombre mientras te poseo igual que al mamífero más bajo en la escala!
¡Rosaura! ¡Eres tú!
Soy yo, primito. ¡Qué alegría me da que me recuerdes!
¡Mátame, por Dios! No me dejes vivir para cargar con este vejamen…
Lo haré, descuida. No se ha envilecido en su totalidad mi alma femenina. No te condenaré como lo hiciste tú conmigo.
¡Perdóname! ¡Éramos niños, nada más!
Aún lo somos, Ernesto. Niños perdidos por su propia inocencia, criaturas ciegas que no cesan de destruirse.
Una última embestida destrozó los intestinos del joven, provocando la hemorragia fatal; y el fatal placer que arrojó a Rosaura sobre su pecho rígido, en tibio adormecimiento, como a una niña muy pequeña, indefensa.
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