jueves 10 de marzo de 2011

HOSTILIDAD

Quise pasar unos instantes de mi vida en un orden invertido de cosas. De lo cotidiano, digo. Saltearme la construcción paternalista de lo real. O eso que no se qué es pero va lento.
Así, insistiendo en lo impredecible, pude pasar de la ventanilla del colectivo a la bañadera y agarrar el manojo de pelos que tapaba la rejilla. Eran gruesos, tenían que ser míos pero eran tan gruesos. Agarré envión y me introduje por un cilindro áspero, fui conducida toda entera, guau, hasta el folículo. Flotando alrededor del núcleo volví a lugares que soñé el mes pasado, cuando me quise matar pero tuve los mejores sueños de mi vida. Lo sentí un premio, poder cambiar las cosas aunque fuese por un rato.
Los pelos después fueron pelos de nuevo. Ellos en mi mano, no yo en ellos, y quedamos prensados contra el vidrio de la ventanilla. Los granos de cristal me chuparon, integrándome a la superficie rugosa. Mientras la penetraba nació un brillo fantasmagórico. Creció en intensidad y volumen, se hizo cuerpo, lo pude tocar. Lo mezclé con los pelos; amasé hasta que los pelos se fundieron con mi calor y el resplandor encarnado y salió un sol. Me sentí satisfecha y pasé al instante próximo. Lento, mecánico, ningún sol a la vista. Eran las diez de la noche, había luna llena.
Gonzalo venía conmigo a disgusto, él también prisionero de un esquema de acciones saturnino. Vi que me miraba las manos, rojas por la fricción. Lo miré a los ojos, buscando iniciar una charla. Dio vuelta la cara.
El colectivo nos dejó casi en la puerta del PH de su mamá. Bajamos, entramos, caminamos por el pasillo, todo en mute.
Esta es la peor hora para venir, tenían que elegir la peor hora, nos dijo Noelia. No tengo nada. No tengo nada para comer, no tengo nada para dar. Encima, los dos juntos ¿Por qué?
Gonzalo me apuntó la sien con el índice y gatilló. Noelia entonces me preguntó a mí.
¿Por qué, Lorena? Di la vuelta para irme pero ella me agarró del brazo y me hizo entrar.
Ustedes dos no entienden. Los dos, tal para cual. Los dos capricornianos, depresivos. Me destruyen los dos, me asolan.
Me pellizcó fuerte, yo la dejé sin quejarme. Gonzalo fue hasta la habitación, nosotras lo seguimos. ¿Qué vas a hacer, Gol? Noelia me soltó y le apoyó una mano en la espalda. Él se la quitó con asco. Se arrodilló y se metió debajo de la cama.
Gol, por favor. No te hagas esto. Te lo estás haciendo a vos ¿te das cuenta? Vos sos el primer damnificado acá.
Andate, mamá. La voz de Gonzalo llegaba como de lejos y parecía más alegre. Quiero estar solo, váyanse las dos.
Basta, Gonzalo. Por favor. No me castigues más.
No te estoy castigando. No quiero ser más el testigo de tu mierda.
¡Mi testigo, pendejo desagradecido! ¡Qué sabrás vos de ser testigo de la mierda de nadie!
¡No vine a pelear, mamá!
¿Y para qué estás acá entonces?
Dejame que esté acá, por favor. Acá abajo no jodo a nadie.
Gol, no voy a dejar que te hagas esto. No te voy a dejar.
No entiendo por qué carajo te hacés cargo de todo lo que hago, mamá. Por qué no me dejás en paz un poco las pelotas.
Yo tengo mucha agua, Gol. Tengo mucha emoción. Tengo un Plutón fuerte, sabés. No voy a tolerar que hagas esto. Que marques esta distancia. No puedo, no está en mí tolerar esta distancia.
Nadie me prestaba atención así que fui hasta la puerta y cuando la estaba abriendo sentí las uñas de Noelia clavadas en mi cadera.
¿A dónde vas vos, hija de puta? Vos te quedás acá. Vos te quedás hasta que esto se resuelva, ¿entendiste?
Me senté en un puf. Saqué mi ipod, me colgué los auriculares y busqué. Abrí la carpeta de Yeah Yeah Yeahs y puse Zero. Lo había estado escuchando bastante seguido los últimos días, sintiéndome retardada por no entender la letra entera. Era la que menos inglés sabía de todos mis amigos. Ni siquiera podía completar una estrofa. Respiré profundo y traté de bajar la ansiedad escuchando la canción de nuevo, sin analizarla. Dejándome ir con la música.
Noelia se arrodilló al costado de la cama. Metió los brazos y los sacó furiosa. Gonzalo le habría pegado. Se levantó y se subió al colchón, gritó y saltó. Karen O cantaba cual es tu nombre, cual es tu nombre, cual es tu nombre. Puse repeat y esperé a ver si los golpes de la base rítmica coincidían con los saltos de Noelia. Nunca pasó y al rato me deprimí y salí al pasillo.
Después pasé al baño y me miré en el espejo. No podía superar la frustración de mi inglés insuficiente y me vi fea y pelotuda. Y enseguida vi la mano de uñas largas y azules de Noelia tirando de la vincha de los auriculares.
Sentate, me dijo.
Me senté en el bidet.
¿Por qué estás acá, Lorena?
No se. Si querés me voy.
No. No quiero que te vayas. Lo que quiero es que dejes de juzgarnos, a mí y a Gol.
¡Pero si no los juzgo!
Nos juzgás. Yo me doy cuenta de todo. Yo leo a la gente. Leo el temblor, la emoción. Mirame cuando te hablo, Lorena. A los ojos. Tengo Plutón en casa ocho. Yo leo a la gente. No me podés ocultar nada, yo sé que nos juzgas.
Señaló la bañadera. Había un manojo de pelos obstruyendo la rejilla.
Esos pelos son tuyos.
No son míos, Noelia. Son demasiado gruesos, ¿no ves?
Vos no sos para Gol. Vos sabés que no sos para él.
Entonces dejame que me vaya.
Bajó la vista y sonrió. Yo crucé los brazos sobre el estómago, esperando cualquier cosa horrible. Qué fácil que haces todo. Juzgás como si vos fueras perfecta. Pero alguien viene y te dice la verdad y querés irte. Alguien te juzga a vos y te escapás.
Me acarició la rodilla.
Dejame que termine de leerte. Respirá y dejate que te lea. Esto no es un capricho, que vos y yo estemos acá. Esto es un indicador, para mí. Un cartel gigante, eso es. ¿Y sabés lo que dice? Dice vos sos yo y yo soy vos.
Por favor, no me toques más.
No te estoy haciendo nada, cagona, no te cierres. Dejame que termine. Vos sos yo. Gol está con vos porque te identifica conmigo. Porque ve cosas mías en vos. Claramente vos sos una sucursal mía.
Abrió el botiquín y agarró un cepillo de dientes. Lo usó para rascarse el antebrazo.
Ustedes dos es increíble que sean capricornianos. Son tan inútiles para enfrentar la vida, es increíble.
Dejame que me vaya, Noelia.
Lo único que tienen de Capricornio es que son unos pesimistas de mierda. Los dos.
Tiró el cepillo adentro de la bañadera y lloró, tapándose la cara con las dos manos.
Me quiero morir, Lorena. Te juro que no puedo más. Te lo juro. No puedo seguir en este rol, me está envenenando. Me contamina, te juro. Te pido que me entiendas. Te lo pido a vos porque hay cosas mías adentro tuyo. Entendeme. Entendeme ¿si?
Me clavó las uñas en la rodilla. Era un gesto desesperado, un pedido de comprensión y amor. A mi me había pasado muchas veces sentirme así pero no se me ocurrió cómo consolarla.
No puedo seguir con toda esta agua adentro, entendeme. Estoy desbordada, no puedo. No puedo, no.
Apretó mis manos entre las suyas. Estaban frías y pegajosas.
Yo se que vos no lo podés cuidar. Yo no lo pude cuidar y vos tampoco porque vos sos yo. Sos toda yo. Hasta ese labio gordo, colgando que tenés. Dios mío. Qué mal me siento, Lorena, perdoname. Perdoname por no hacer esto antes. Perdoname por hacerlo con vos acá.
Se levantó sin soltarme las manos. Caminó, yo la seguí, despegándome de a poquito para no alterarla.
¡Gol! gritó. ¡Gol! ¡Me voy! ¡Me desbordaste! ¡Me contaminaste, hijo!
Me soltó y corrió por el pasillo. Yo la seguí, confundida, queriendo protegerla sin saber de qué. Fue directo contra la puerta de calle, impulsada como para hacerse mierda o atravesarla. A pocos pasos de estrellarnos frené de golpe, cerré los ojos, me tapé los oídos.
Más tarde fui a la pieza, me arrodillé y asomé la cabeza debajo de la cama. Gonzalo chateaba con su celular.
Qué te pasa.
Tu mamá se fue.
Y qué querés que haga yo.
Nada, te aviso.
Bueno. Ahora dejame.
¿No querés nada? ¿No querés que pida un delivery de algo?
Me alumbró con la pantallita. Se me quedó viendo con disgusto.
¿Qué es eso qué tenés?
¿Qué, qué cosa?
Es sangre. Tenés sangre, en toda la cara.
Sangre, repetí sin entender.
Estás toda manchada de sangre. Estás un asco, báñate.
Era irreversible la hostilidad entre nosotros. Lo dejé solo.
La puerta de calle había quedado astillada por el impacto, apestando a madera y pelo quemados. La toqué con la punta de los dedos. Ardía como una brasa.
¡Bañate, boluda! me gritó Gonzalo desde la pieza.
Destapé la rejilla de la bañadera. Palpando la bola de pelos me sentí avergonzada de haberlos asociado con el sol, de haberme inventado un sol de residuos orgánicos para ensoñar y evadirme de la mezquindad de los procesos naturales. Llené la bañadera azotándome con eso y con mi ingles de mierda. Me desnudé y probé la temperatura metiendo apenas el dedo del pie. Pero algo, una fuerza me empujó y terminé metiendo la pierna entera en agua hirviendo. Grité, lloré a los gritos.
Alguien, un vecino, también gritó. No supe si de dolor o para hacerme callar. Grité de vuelta entonces, para que se callara él. Para que le quedase claro que en mi vida no hay nadie más importante que yo.

2 comentarios:

José A. García dijo...

Lo único que importa la vida es uno mismo. Las situaciones de mierda se van a seguir acumulando, una sobre otra, como una torta inconmensurable de dolor, peste, frustración y hedor. Pero la vida es de uno mismo. De uno y de nadie más, por más que decidamos compartirla, la vida es individualismo.

Un gusto haberla conocido Srita Barbie.

En cuanto pueda leere su libros y lo comentaré con mucho placer.

Saludos

J.

Guillermo Altayrac dijo...

Mencantó. Mucha agua. Una mala madre. Un Plutón fuerte.
La muerteee...