
Sometimes I don’t know what to think
about the world
The Flaming Lips
Me desperté el domingo a la una de la tarde sin saber que hacer. Fui hasta la heladera y no encontré nada aparte de un pote de margarina y un sobre de queso rayado. Metí un dedo en el pote de margarina, me lo llevé a la boca y me arrepentí. Sorbí un poco de queso del paquete y lo escupí en el tacho de basura. Volví a tirarme en la cama, muerta de fastidio.
En la mesa de luz había un libro de Lovecraft, El Caso de Charles Dexter Ward. Me faltaban diez páginas para terminarlo pero no tenía ganas. Era de Fabián.
Es parte del ciclo de los Mitos, lo TENÉS que leer, me dijo. Andás jactándote siempre de que leíste todo de Lovecraft, no te da vergüenza. Cuando nos reunamos de nuevo le voy a decir a los chicos del taller de fantasía que sos una mentirosa de mierda.
Lo llevé sabiendo que me iba a parecer una cagada, para no escucharlo más.
Agarré la novela por la punta de la portada. La dejé colgando, la sacudí. Traté de leer el final en contra de mi voluntad. Entonces de la nada me sentí muy mal. Como invadida por una avalancha de energía negativa. Palabras, pensamientos, sentimientos de autodesprecio; rápidamente pasé del fastidio a la desesperación. Tiré la novela al piso y miré fijo un punto hasta que se me cerraron los ojos y conseguí cortar esa locura.
Por un rato pude diferenciar los ruidos de la casa y de la calle, respiré más lento y me dejé ir con placidez. Hasta que volvió el malestar y el dialogo interno, con más fuerza que antes.
Qué año de mierda que pasamos ¿no?
Si, un año de la concha de su puta madre.
Pero todavía vivimos.
Si. Bien ahí.
¿Queremos vivir?
Qué se yo. No creo. No.
¿Es importante querer?
No realmente.
¿Podés elegir querer o no?
No.
¿Vos o nadie?
Nadie. Vivimos por inercia, tendríamos que morirnos todos.
¿Me muero yo o antes se muere un conocido?
Qué mierda me importa, es lo mismo.
¿Quién de todos mis amigos y conocidos se muere primero?
Seguro con el que más hablo.
¿Y cuánto días quedan por delante?
Menos que antes, por suerte.
¿Y por qué no me mato entonces?
Porque no puedo.
¿Y por qué no puedo?
Porque soy una mierda que ni siquiera puede matarse.
Igual me voy a terminar muriendo.
Sí, qué positivo.
¿Voy a resolver mis malas relaciones antes de morirme?
No.
¿Hay algo que valga la pena próximamente?
No.
¿Y de acá a unos meses?
NO.
Si se muere alguien antes que yo, ¿me voy a sentir mal?
No.
¿Aliviada?
A lo mejor.
¿Me gusta que la gente se muera?
A lo mejor.
¿Quiero que se muera alguien?
Si, muchos.
¿Soy mala?
Nah. No me da la cabeza.
¿Y por qué me siento así?
Porque soy una mierda y no tendría que haber nacido.
¿Qué quiero? ¿Quiero algo?
No se. No.
¿Qué quería el año pasado, por ejemplo?
Quería chupar una concha.
¿Todavía quiero chupar una concha?
A ver… Creo que si, qué se yo.
¿Y por qué estoy acá, tirada, con ganas de morirme?
Porque soy una mierda que tendría que estar muerta hace mucho.
¿Y por qué igual no me levanto y por lo menos me voy a chupar una concha?
Por que las conchas que podría chupar vienen con unas caras horribles o con ganas de tener novia.
¿Y yo no quiero estar de novia?
No, ni en pedo.
Entonces soy una amarga de mierda que se va morir sola.
Probablemente.
Entonces a lo mejor no sé lo que quiero.
Sí que se. Quiero chupar una concha. Quiero chupar una concha mientras me hago una paja, pero no quiero que me la chupen a mí. Ni que me la chupen ni que me la toquen.
Qué enferma, ¿por qué?
Porque me da asco, es repugnante, solamente puedo tocarla yo y con mucho cuidado.
Qué enferma de mierda.
Viste.
¿Entonces voy a tener que pagarle a una chica?
Seguramente.
¿Por qué? ¿No era que para las minas es todo gratis y fácil?
Es todo gratis y fácil para las minas que todos quieren cogerse, nada más.
Y a mi no me quieren coger.
No.
¿Cómo que no? Alguien seguro que quiere.
No, nadie quiere.
A todas las minas se las quiere coger alguien. Hasta a las viejas de los geriátricos se las cogen.
No, a mi no, a mi lo que quieren es violarme.
Bueno, entonces sí que quieren cogerme, ves.
No, quieren matarme, romperme el orto, estrangularme, apuñalarme, reventarme por dentro y tirarme por ahí, como un animal de granja.
¿Y no estaría bueno que me maten?
No. ¿Por qué mierda me voy a dejar matar?
Porque así es más fácil, mogólica.
Pero entonces van a ganar ellos. ¿Por qué siempre tienen que ganar ellos?
¿Quiénes son ellos?
TODOS, PUTA MADRE.
Bueno, qué enferma insufrible y patética. Ayudame entonces.
¿A qué?
A salir de toda esta mierda.
¿Cómo?
No se, ayudame. Haceme chupar una concha o matame de una vez.
No puedo hacer nada.
Sos una inútil.
Si. Soy una inútil de mierda.
Enfermate. Hacé algo. Tomá algo que te haga mal.
No hay nada, no tengo nada.
Sos una mierda, hija de puta. Sos una mierda asquerosa.
Si, soy una mierda.
Y te quedás tirada, sufriendo. Ojalá te de un cáncer lento y te reviente de a poco el cuerpo.
Ojalá.
Ojalá, si, qué sufras, que te arrastres de dolor.
Ojalá.
Morite de una vez, hija de puta.
Ojalá. Ojalá me muera ahora mismo. No entiendo por qué no puedo matarme. Por qué mierda no puedo, me cago en todo. Hija de puta matame. Morite. Por Dios, morite ya. Morite de una puta vez.
No pude parar más. Me levanté enroscadísima y me di una ducha, convencida de que todo había sido culpa de Lovecraft y el Caso del puto Dexter etcétera. No tenía intenciones de salir ese día pero me vestí, agarré la novela con odio y fui a lo de Fabián, solamente para devolvérsela.
Lo encontré en medio de una llamada telefónica. Cortó enseguida y extendió las manos hacia el libro.
Te traje la novela, dije y la tiré encima del sofá. Él fue casi corriendo a buscarla, la levantó y acarició la portada.
¿Y, qué te pareció?
Muy reiterativa.
¿Cómo reiterativa?
No se, predecible. Me gustan más los cuentos. Tipo El Grabado en la Casa.
No podés comparar una cosa con otra. No podés comparar El Grabado con El Caso.
¿Por qué? Los dos hablan de Providence y de la inmortalidad y eso.
El Grabado no es sobre la inmortalidad, es sobre canibalismo.
Fabián me desautorizaba constantemente. Me enfurecí.
Pará un poco, boludo. El viejo insinúa que a lo mejor comiendo carne humana se pueda vivir más, a lo mejor para siempre, ¿no te acordás? ¿Al final?
¿Y eso que tiene que ver? No entendiste nada. El Caso es un postulado sobre la inmortalidad. En cambio en el Grabado lo más importante es el clima que genera la charla donde el tipo no sabés si es un loco manso o es un caníbal hasta que cae la gota de sangre del techo. Aparte no recuerdo que diga para siempre, lo estás distorsionando. No entendés lo que lees, no se para qué te presto libros.
Bueno, me voy. Abrime, dije y caminé hasta la puerta.
¡Pará! ¡No te vayas!
Me tocó la mejilla.
¿Te pasa algo?
No.
Sí. Sí te pasa algo.
Me miró con los ojos desorbitados. Se apretó los párpados y suspiró.
Sí. Estás mal. Estás mal por la novela. Porque te impregnó con ideas compulsivas.
Me sorprendió pero no dije nada.
Es muy fuerte. Te hace pensar mucho. En la muerte, en la necesidad de prolongarse en el tiempo. Y eso está mal, ¿eh? Ojo. Está mal querer prolongarse en el tiempo, por la fuerza. Está tan mal como querer morirse. Vení. Vamos a la cocina.
Caminaba despacio, frotándose los dedos y diagnosticándome.
Lo vi en tu lenguaje no verbal. Porque estabas como resentida y te temblaba el labio inferior. Aparte hay una cosa…
Fabián puso la pava sobre el fuego y sacó un par de tazas.
Hay una cosa que tengo. Que no puedo analizar pero es real. Es como… no se como decirte. Una piel encima de mi piel ¿entendés? Que siento que detecta los flujos sutiles. Por eso me di cuenta.
No parpadeaba. Era feo, hablaba pelotudeces sin parar y claramente no tenía ningún poder extrasensorial. Así y todo no pude contradecirlo, el libro me había impregnado. Hizo té verde, me sirvió uno. Me miró otra vez a los ojos y dijo, suave pero firme:
Hay que vivir hasta llegar al tilt.
Se quedó esperando. Yo sorbí un poco de té. No tenía gusto a nada.
El tilt, siguió. Vos pensás que te morís y se acabó todo, pero no es así. Hay una manera de volverte inmortal. Inmortal pero incorpóreo. Solamente se mueren los que no llegan al tilt. Yo le digo así porque es como en los jueguitos viejos, viste que para pasar de un nivel a otro ves una lucecita. Un tilt. En la vida también, hay un tilt. Uno sabe. Hay muchos tilts pequeños, como aprender a nadar, o coger por primera vez. Pero el tilt grande de la inmortalidad…
Sorbió té. Lo paladeo y sonrió, saboreándolo como un elixir. Me dio asco.
No hay que prolongar la vida porque eso va en contra del tilt. Más viejo te volvés, menos chance tenés de que las fuerzas te elijan. Tenés que buscar activamente el tilt desde chico. Tenés que, no se. Arrojarte a la vida. Y así por ahí perdés la carne pero ganás un cuerpo de energía más pura. Una energía inagotable. Como la energía primaria que puede convertirse en todos los cuerpos a la vez. Imaginate una cosa como Akira. ¿Te viste Akira?
No entiendo nada de lo que me decís.
Y ojo, me apuntó con el índice a la boca, sin prestarme atención. Ojo que si te suicidás, tampoco. Más lejos quedás del tilt. El suicidio es despreciable. En casi todas partes. Por algo será.
Fue hasta su habitación y volvió con unas pastillas blancas y redondas. Le pregunté si eran efes y no me contestó. Sacó un rayador en miniatura de la alacena, se sentó y se puso a rayarlas sobre un rectángulo mediano de papel.
Porque es así, yo te explico. Si no encontrás el tilt en esta vida, tenés que volver a nacer. Nacés y nacés hasta que tenés los huevos suficientes para encontrar la lucecita y pasar de nivel. Y ahí por fin te volvés inmortal. Pero si te suicidás, cagaste. Porque las almas de los suicidas quedan atrapadas en un limbo y no reencarnan más. La verdad es que tenés que tener muchas pelotas. Enfrentar las cosas como vienen. Eso es lo que más admiran las fuerzas ocultas, así te las ganás.
No creo en la reencarnación.
¿Por qué no crees? ¿Cómo sabés que no es así?
¿Y por qué carajo va a ser así?
¿Y por qué no? Nadie sabe cómo es, pero mucha gente habla de la reencarnación. Gente seria.
Nadie puede hablar enserio de eso, es pura mierda.
Terminó de rayar. Agarró el papel con cuidado y espolvoreó la ralladura sobre su ojo derecho. Parpadeó varias veces y lagrimeó mucho.
No estoy llorando, no te asustes.
No, ya se.
Yo no lloro. Nunca.
Es malo para el tilt ¿no?
Bajó la vista, con el ceño fruncido. Parte del polvillo le blanqueaba la nariz, los labios y el jean. La zona de la bragueta se le curvaba desaforadamente. Me va a violar, pensé. Me va a violar y me va a matar.
Vos no crees pero tu cuerpo sí que cree. Por eso se sigue moviendo, más allá de tu conciencia. Por eso te sentís mal de repente y te querés morir y no sabés por qué. Y te quedás sin hacer nada y a veces no, a veces no podés parar de hacer, cualquier cosa. De pensar cualquier cosa. Es tu cuerpo que va por delante de tu voluntad. Son las fuerzas. Y vos no podés hacer nada, salvo arrojarte. Eso, nada más, arrojarte.
Acercó su cara a la mía. Yo la desvié, por miedo de que me besara.
No te mates. Arrojate.
Me paré para irme.
Yo te puedo curar. Posta.
Mejor me voy.
Espera.
No, enserio, vine a traerte la novela, nomás.
Esperá, te digo. No te cagues. Vení. Yo te re aprecio ¿sabés?
Si, o sea. Es que vine de paso.
Confía en mi, boluda. Vas a ver. Es todo real.
Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Fuimos hasta el escritorio de la PC, él se sentó y abrió un archivo de texto.
Es un cuento que escribí esta mañana. El jueves lo voy a llevar para leerlo en el taller. Pero no es un cuento nada más, es como un conjuro. Es mi versión de una práctica de magia sexual, adaptada según mis necesidades, ahora vas a ver. Me vas a ayudar a abrir un canal de energía... ¿te cabe?
Me da lo mismo.
¿Vas el jueves, al taller?
Si, supongo.
Vos escribís re bien, boluda. No tenés buenas lecturas pero no te hacen falta. Escribís mejor que yo.
Bueno, gracias.
No me agradezcas. Igual estás condenada. La gente con talento nunca llega al tilt porque se queda en ese estrato. Como infantilizados. Como pelotudizados con los canales creativos. Es más fácil que yo encuentre el tilt a que lo encuentres vos. Para ser inmortal tenés que renunciar a tu talento. A tu poder en este mundo. A coger, a todo.
No se, no creo en esas cosas. Ni en la inmortalidad ni en el talento.
Vos porque estás mal. Sufrís mucho porque sos re sensible. Perdoname por pasarte esa novela, pensé que te iba a servir. Qué se yo, te veo y… tenés tanta confusión. Sobre todo tu energía sexual, está súper distorsionada. Te ves de una manera pero sos de otra.
Bueno, dejame leer el cuento y me voy.
No, esperá. Tenés unas tetas hermosas. Tu cara es como agresiva. Como de turca ¿no? Pero mirá las tetas que tenés.
Levantó las dos manos y estrujó el aire alrededor de mis tetas.
No pienses más en mujeres. Vos tenés que estar con hombres. Con todos los que puedas.
Bueno, frenate ahí. No me gusta que se metan con mis elecciones personales.
Lo tuyo no es una elección. Es una distorsión.
Sos un pelotudo, no tengo por qué bancarme esta mierda.
Esperá.
Me besó las manos.
Sentate y leelo, dale… por favor. Pero en voz alta leelo. Es para curarte. Vas a ver cómo se te pasa toda la mala vibra. Promesa. Oración por oración.
Era una historia de cinco páginas de word. Un hombre abducido y sometido a experimentos por alienígenas en el desierto pampeano, conoce a una mujer, también abducida. La viola y ella sufre pero después se enamora. Al tiempo les nace un hijo. Los alienígenas los mantienen cautivos en la nave madre sin alimentos ni agua. Intentan resistir las privaciones dignamente pero al cabo de unos días la mujer devora al bebé. EL hombre, desesperado, la mata y la devora también. Tenía problemas de sintaxis y estaba sobreadjetivado.
Mientras leía, Fabián se masturbaba.
¿Te puedo tocar un pezón, así sobre la ropa? Me lo preguntó ya acariciándolo. Le saqué los dedos y seguí leyendo, sin prestarle atención, hasta que estuvo por acabar.
Mirame, por favor. Mirá como sale, me dijo y me salpicó la barbilla y el hombro.
Se tiró en la cama, agotado.
¿Te dije que ahora con esto que hicimos abrimos un canal de energía?
Qué bueno. Entonces me voy.
Uy, te manché. Perdóname.
Todo bien. Bueno, chau.
¡Pará!
Se enderezó de golpe.
¿Y?
¿Qué?
Decime qué te pareció.
La historia está buena pero le ponés demasiados adjetivos.
El cuento no, boluda, qué me chupa el cuento. Decime vos, cómo te sentís vos, ahora.
No se. Igual.
No podés sentirte igual.
No se, no siento nada especial. Estoy cansada.
Me agarró la cabeza y me besó en la boca, metiéndome la lengua. Lo arañé y le di un rodillazo en la entrepierna.
Esto que hicimos es muy groso, pelotuda, gimió, medio doblado. Es abrir un canal de energía inconsciente ¿entendés? Con sexo y con palabras.
Se restregó los párpados. Avanzó de nuevo y yo me puse en guardia. Me esquivó dando un rodeo y fue rengueando hasta la impresora. La cargó, cliqueó en el archivo y el cuento salió en papel, página a página.
¡Es increíble! ¿Entendés lo que está pasando?
¿Qué?
¡Estás llena de mierda! ¡Estás cerrada a cualquier mejoría!
Me voy, Fabián.
Si. Andate de una vez, forra. Enferma.
Caminé hasta la puerta de calle, creyendo que me seguía. Esperé un minuto y no apareció. Volví a la habitación. Estaba sentado al borde de la cama con los ojos cerrados. Rompía las hojas en pedacitos minúsculos.
Andate. No puedo hacer nada por vos. Estás toda bloqueada. Sos una distorsión con tetas.
Abrime la puerta si querés que me vaya, mogólico.
Se paró, todavía con los ojos cerrados y caminó, tanteando los muebles.
En la calle, sentada contra la reja de la casa de enfrente, estaba Jimena, la hermana de Fabián. Nunca nos habíamos presentado, la conocía por fotos de Facebook. En persona era alta, hermosa, no se parecía en nada al gnomo infradotado de su hermano. Vino rápido, sin sacarle la vista de encima. Llevaba una micro mini y unas botas blancas muy grasas.
¿Qué te pasa ahora, monstruo? ¡Abrí los ojos!
Él siguió con los párpados apretados y ella se encaró conmigo, alzando un puño.
¿Y vos? ¿Vos sos la negra puta que le vende esa mierda?
Fabián abrió los ojos y nos miró, confuso. En dos segundos se metió de nuevo en la casa y cerró con llave. Jimena golpeó y pateó un montón, hasta cansarse.
¡Psicótico de mierda! ¡Te voy a internar, me oís! ¡Te juro que te voy a internar!
Algunos vecinos habían salido a la puerta y cuchicheaban.
Y a vos te voy a meter presa, negra de mierda.
Yo no vendo nada, dije riéndome como una idiota. La situación me parecía irreal y no podía concentrarme en elaborar ninguna defensa.
Ya vas a querer vender mierda adentro de la cárcel, hija de puta.
Me arrastró por el pelo. Nos trabamos hasta que ella me hizo una llave, yo caí boca abajo y me pateó las costillas. Quedé doblada de dolor. Arrodillándome a medias me abracé a sus muslos, largos y blancos. Hundí la cabeza entre sus piernas y aproveché para olerla y besarla. El dolor se me pasó instantáneamente.
¡Qué carajo hacés, inmunda, degenerada! ¡La puta que te parió!
Jimena era fuerte pero yo también. Le mordí el pubis y froté toda mi cara contra el calzón. Olía suave, a protector diario. Deslicé la lengua por debajo de la tela, chupé y besé lo que pude. Ella me arrancaba mechones de pelo y pedía auxilio. No duró tanto como me hubiese gustado, algo pasó a mis espaldas, alguien vino y desenchufó.
¿Cómo vas a hacer eso? ¿Estás enferma, querida? Eso es violar. Yo voy a salir de testigo, que quisiste violar a esa chica. Disculpame pero no voy a vivir con la consciencia tranquila si no le salgo como testigo. Yo te vi que vos te le tiraste encima. Si estás enferma o medicada, la verdad, eso no es mi problema, ni tampoco el de la chica, pobre santa. No podés ir por la vida enloqueciendo a los demás porque vos estás loca. Por favor.
La vieja se alejaba, se volvía cada vez más alta. Me paré de golpe y fui más alta que ella, por dos cabezas. Al rato me costó sostenerme y terminé sentándome en la vereda, contra la pared.
Mirá, que se yo. Lo siento mucho. Yo sé que es una enfermedad, lo que hiciste. Tenés que tratarte, sabés. Con un psicólogo. Hay buenos psicólogos que no son tan caros. Podés ir al colegio de psicólogos que dicen que es gratis.
Tenía el pelo rubio, quemado por la permanente. Además de nosotras no había nadie.
¿Dónde están Fabián y Jimena, donde se fueron?, pregunté.
La chica fue a la comisaría, acá a cinco cuadras. Al final fue ella porque pidió un móvil por teléfono hace como una hora y no vino nadie. Así estamos. Si no hay un cadáver no vienen estos mafiosos. No se puede hacer nada, la gente no tiene poder para hacer nada con su vida. Para eso pagamos, te das cuenta. Es una vergüenza, por Cristo.
Se pasaba un fierro ancho y largo de una mano a otra. Temblaba, era demasiado pesado para ella pero insistía en esa acción tan antinatural. Como esperando algo de mí.
Usted me pegó con eso, dije, estirando una mano para tocarlo. Ella se hizo atrás.
Si, querida. Disculpame. La verdad, qué te puedo decir. Te lo buscaste vos. Yo se que es una enfermedad, pero pobre piba. La traumaste. Por el resto de su vida.
Estaba anocheciendo. Me paré de nuevo y me bajó la presión.
Quedate quieta ahí, hasta que venga la policía. Ahora seguro viene una ambulancia también... qué desastre, por Dios, qué locura.
Me siento mal. Tengo sed.
Quedate acá que yo cruzo y te traigo agua. Yo vivo acá enfrente. Cruzo y te traigo, ¡no te muevas! No te muevas mucho a ver si te me quedás dura, qué horrible, Cristo. Qué injusticia, por Dios, qué locura que estamos viviendo.
Se fue dando pasitos cortos, de loro. Cuando se perdió de vista me puse en cuatro patas y fui gateando muy despacio, por la vereda. Empecé a ver zapatos, zapatillas. Piernas a cada costado, apartándose y despejándome el camino. Nadie me detenía y tampoco me ayudaban. Escuché la sirena de la patrulla. No la pude ver por la pared compacta de piernas que seguían sumándose a mis costados, en silencio, apareciendo de la nada delante de mí, solamente para abrirse y darme paso.
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The Flaming Lips
Me desperté el domingo a la una de la tarde sin saber que hacer. Fui hasta la heladera y no encontré nada aparte de un pote de margarina y un sobre de queso rayado. Metí un dedo en el pote de margarina, me lo llevé a la boca y me arrepentí. Sorbí un poco de queso del paquete y lo escupí en el tacho de basura. Volví a tirarme en la cama, muerta de fastidio.
En la mesa de luz había un libro de Lovecraft, El Caso de Charles Dexter Ward. Me faltaban diez páginas para terminarlo pero no tenía ganas. Era de Fabián.
Es parte del ciclo de los Mitos, lo TENÉS que leer, me dijo. Andás jactándote siempre de que leíste todo de Lovecraft, no te da vergüenza. Cuando nos reunamos de nuevo le voy a decir a los chicos del taller de fantasía que sos una mentirosa de mierda.
Lo llevé sabiendo que me iba a parecer una cagada, para no escucharlo más.
Agarré la novela por la punta de la portada. La dejé colgando, la sacudí. Traté de leer el final en contra de mi voluntad. Entonces de la nada me sentí muy mal. Como invadida por una avalancha de energía negativa. Palabras, pensamientos, sentimientos de autodesprecio; rápidamente pasé del fastidio a la desesperación. Tiré la novela al piso y miré fijo un punto hasta que se me cerraron los ojos y conseguí cortar esa locura.
Por un rato pude diferenciar los ruidos de la casa y de la calle, respiré más lento y me dejé ir con placidez. Hasta que volvió el malestar y el dialogo interno, con más fuerza que antes.
Qué año de mierda que pasamos ¿no?
Si, un año de la concha de su puta madre.
Pero todavía vivimos.
Si. Bien ahí.
¿Queremos vivir?
Qué se yo. No creo. No.
¿Es importante querer?
No realmente.
¿Podés elegir querer o no?
No.
¿Vos o nadie?
Nadie. Vivimos por inercia, tendríamos que morirnos todos.
¿Me muero yo o antes se muere un conocido?
Qué mierda me importa, es lo mismo.
¿Quién de todos mis amigos y conocidos se muere primero?
Seguro con el que más hablo.
¿Y cuánto días quedan por delante?
Menos que antes, por suerte.
¿Y por qué no me mato entonces?
Porque no puedo.
¿Y por qué no puedo?
Porque soy una mierda que ni siquiera puede matarse.
Igual me voy a terminar muriendo.
Sí, qué positivo.
¿Voy a resolver mis malas relaciones antes de morirme?
No.
¿Hay algo que valga la pena próximamente?
No.
¿Y de acá a unos meses?
NO.
Si se muere alguien antes que yo, ¿me voy a sentir mal?
No.
¿Aliviada?
A lo mejor.
¿Me gusta que la gente se muera?
A lo mejor.
¿Quiero que se muera alguien?
Si, muchos.
¿Soy mala?
Nah. No me da la cabeza.
¿Y por qué me siento así?
Porque soy una mierda y no tendría que haber nacido.
¿Qué quiero? ¿Quiero algo?
No se. No.
¿Qué quería el año pasado, por ejemplo?
Quería chupar una concha.
¿Todavía quiero chupar una concha?
A ver… Creo que si, qué se yo.
¿Y por qué estoy acá, tirada, con ganas de morirme?
Porque soy una mierda que tendría que estar muerta hace mucho.
¿Y por qué igual no me levanto y por lo menos me voy a chupar una concha?
Por que las conchas que podría chupar vienen con unas caras horribles o con ganas de tener novia.
¿Y yo no quiero estar de novia?
No, ni en pedo.
Entonces soy una amarga de mierda que se va morir sola.
Probablemente.
Entonces a lo mejor no sé lo que quiero.
Sí que se. Quiero chupar una concha. Quiero chupar una concha mientras me hago una paja, pero no quiero que me la chupen a mí. Ni que me la chupen ni que me la toquen.
Qué enferma, ¿por qué?
Porque me da asco, es repugnante, solamente puedo tocarla yo y con mucho cuidado.
Qué enferma de mierda.
Viste.
¿Entonces voy a tener que pagarle a una chica?
Seguramente.
¿Por qué? ¿No era que para las minas es todo gratis y fácil?
Es todo gratis y fácil para las minas que todos quieren cogerse, nada más.
Y a mi no me quieren coger.
No.
¿Cómo que no? Alguien seguro que quiere.
No, nadie quiere.
A todas las minas se las quiere coger alguien. Hasta a las viejas de los geriátricos se las cogen.
No, a mi no, a mi lo que quieren es violarme.
Bueno, entonces sí que quieren cogerme, ves.
No, quieren matarme, romperme el orto, estrangularme, apuñalarme, reventarme por dentro y tirarme por ahí, como un animal de granja.
¿Y no estaría bueno que me maten?
No. ¿Por qué mierda me voy a dejar matar?
Porque así es más fácil, mogólica.
Pero entonces van a ganar ellos. ¿Por qué siempre tienen que ganar ellos?
¿Quiénes son ellos?
TODOS, PUTA MADRE.
Bueno, qué enferma insufrible y patética. Ayudame entonces.
¿A qué?
A salir de toda esta mierda.
¿Cómo?
No se, ayudame. Haceme chupar una concha o matame de una vez.
No puedo hacer nada.
Sos una inútil.
Si. Soy una inútil de mierda.
Enfermate. Hacé algo. Tomá algo que te haga mal.
No hay nada, no tengo nada.
Sos una mierda, hija de puta. Sos una mierda asquerosa.
Si, soy una mierda.
Y te quedás tirada, sufriendo. Ojalá te de un cáncer lento y te reviente de a poco el cuerpo.
Ojalá.
Ojalá, si, qué sufras, que te arrastres de dolor.
Ojalá.
Morite de una vez, hija de puta.
Ojalá. Ojalá me muera ahora mismo. No entiendo por qué no puedo matarme. Por qué mierda no puedo, me cago en todo. Hija de puta matame. Morite. Por Dios, morite ya. Morite de una puta vez.
No pude parar más. Me levanté enroscadísima y me di una ducha, convencida de que todo había sido culpa de Lovecraft y el Caso del puto Dexter etcétera. No tenía intenciones de salir ese día pero me vestí, agarré la novela con odio y fui a lo de Fabián, solamente para devolvérsela.
Lo encontré en medio de una llamada telefónica. Cortó enseguida y extendió las manos hacia el libro.
Te traje la novela, dije y la tiré encima del sofá. Él fue casi corriendo a buscarla, la levantó y acarició la portada.
¿Y, qué te pareció?
Muy reiterativa.
¿Cómo reiterativa?
No se, predecible. Me gustan más los cuentos. Tipo El Grabado en la Casa.
No podés comparar una cosa con otra. No podés comparar El Grabado con El Caso.
¿Por qué? Los dos hablan de Providence y de la inmortalidad y eso.
El Grabado no es sobre la inmortalidad, es sobre canibalismo.
Fabián me desautorizaba constantemente. Me enfurecí.
Pará un poco, boludo. El viejo insinúa que a lo mejor comiendo carne humana se pueda vivir más, a lo mejor para siempre, ¿no te acordás? ¿Al final?
¿Y eso que tiene que ver? No entendiste nada. El Caso es un postulado sobre la inmortalidad. En cambio en el Grabado lo más importante es el clima que genera la charla donde el tipo no sabés si es un loco manso o es un caníbal hasta que cae la gota de sangre del techo. Aparte no recuerdo que diga para siempre, lo estás distorsionando. No entendés lo que lees, no se para qué te presto libros.
Bueno, me voy. Abrime, dije y caminé hasta la puerta.
¡Pará! ¡No te vayas!
Me tocó la mejilla.
¿Te pasa algo?
No.
Sí. Sí te pasa algo.
Me miró con los ojos desorbitados. Se apretó los párpados y suspiró.
Sí. Estás mal. Estás mal por la novela. Porque te impregnó con ideas compulsivas.
Me sorprendió pero no dije nada.
Es muy fuerte. Te hace pensar mucho. En la muerte, en la necesidad de prolongarse en el tiempo. Y eso está mal, ¿eh? Ojo. Está mal querer prolongarse en el tiempo, por la fuerza. Está tan mal como querer morirse. Vení. Vamos a la cocina.
Caminaba despacio, frotándose los dedos y diagnosticándome.
Lo vi en tu lenguaje no verbal. Porque estabas como resentida y te temblaba el labio inferior. Aparte hay una cosa…
Fabián puso la pava sobre el fuego y sacó un par de tazas.
Hay una cosa que tengo. Que no puedo analizar pero es real. Es como… no se como decirte. Una piel encima de mi piel ¿entendés? Que siento que detecta los flujos sutiles. Por eso me di cuenta.
No parpadeaba. Era feo, hablaba pelotudeces sin parar y claramente no tenía ningún poder extrasensorial. Así y todo no pude contradecirlo, el libro me había impregnado. Hizo té verde, me sirvió uno. Me miró otra vez a los ojos y dijo, suave pero firme:
Hay que vivir hasta llegar al tilt.
Se quedó esperando. Yo sorbí un poco de té. No tenía gusto a nada.
El tilt, siguió. Vos pensás que te morís y se acabó todo, pero no es así. Hay una manera de volverte inmortal. Inmortal pero incorpóreo. Solamente se mueren los que no llegan al tilt. Yo le digo así porque es como en los jueguitos viejos, viste que para pasar de un nivel a otro ves una lucecita. Un tilt. En la vida también, hay un tilt. Uno sabe. Hay muchos tilts pequeños, como aprender a nadar, o coger por primera vez. Pero el tilt grande de la inmortalidad…
Sorbió té. Lo paladeo y sonrió, saboreándolo como un elixir. Me dio asco.
No hay que prolongar la vida porque eso va en contra del tilt. Más viejo te volvés, menos chance tenés de que las fuerzas te elijan. Tenés que buscar activamente el tilt desde chico. Tenés que, no se. Arrojarte a la vida. Y así por ahí perdés la carne pero ganás un cuerpo de energía más pura. Una energía inagotable. Como la energía primaria que puede convertirse en todos los cuerpos a la vez. Imaginate una cosa como Akira. ¿Te viste Akira?
No entiendo nada de lo que me decís.
Y ojo, me apuntó con el índice a la boca, sin prestarme atención. Ojo que si te suicidás, tampoco. Más lejos quedás del tilt. El suicidio es despreciable. En casi todas partes. Por algo será.
Fue hasta su habitación y volvió con unas pastillas blancas y redondas. Le pregunté si eran efes y no me contestó. Sacó un rayador en miniatura de la alacena, se sentó y se puso a rayarlas sobre un rectángulo mediano de papel.
Porque es así, yo te explico. Si no encontrás el tilt en esta vida, tenés que volver a nacer. Nacés y nacés hasta que tenés los huevos suficientes para encontrar la lucecita y pasar de nivel. Y ahí por fin te volvés inmortal. Pero si te suicidás, cagaste. Porque las almas de los suicidas quedan atrapadas en un limbo y no reencarnan más. La verdad es que tenés que tener muchas pelotas. Enfrentar las cosas como vienen. Eso es lo que más admiran las fuerzas ocultas, así te las ganás.
No creo en la reencarnación.
¿Por qué no crees? ¿Cómo sabés que no es así?
¿Y por qué carajo va a ser así?
¿Y por qué no? Nadie sabe cómo es, pero mucha gente habla de la reencarnación. Gente seria.
Nadie puede hablar enserio de eso, es pura mierda.
Terminó de rayar. Agarró el papel con cuidado y espolvoreó la ralladura sobre su ojo derecho. Parpadeó varias veces y lagrimeó mucho.
No estoy llorando, no te asustes.
No, ya se.
Yo no lloro. Nunca.
Es malo para el tilt ¿no?
Bajó la vista, con el ceño fruncido. Parte del polvillo le blanqueaba la nariz, los labios y el jean. La zona de la bragueta se le curvaba desaforadamente. Me va a violar, pensé. Me va a violar y me va a matar.
Vos no crees pero tu cuerpo sí que cree. Por eso se sigue moviendo, más allá de tu conciencia. Por eso te sentís mal de repente y te querés morir y no sabés por qué. Y te quedás sin hacer nada y a veces no, a veces no podés parar de hacer, cualquier cosa. De pensar cualquier cosa. Es tu cuerpo que va por delante de tu voluntad. Son las fuerzas. Y vos no podés hacer nada, salvo arrojarte. Eso, nada más, arrojarte.
Acercó su cara a la mía. Yo la desvié, por miedo de que me besara.
No te mates. Arrojate.
Me paré para irme.
Yo te puedo curar. Posta.
Mejor me voy.
Espera.
No, enserio, vine a traerte la novela, nomás.
Esperá, te digo. No te cagues. Vení. Yo te re aprecio ¿sabés?
Si, o sea. Es que vine de paso.
Confía en mi, boluda. Vas a ver. Es todo real.
Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Fuimos hasta el escritorio de la PC, él se sentó y abrió un archivo de texto.
Es un cuento que escribí esta mañana. El jueves lo voy a llevar para leerlo en el taller. Pero no es un cuento nada más, es como un conjuro. Es mi versión de una práctica de magia sexual, adaptada según mis necesidades, ahora vas a ver. Me vas a ayudar a abrir un canal de energía... ¿te cabe?
Me da lo mismo.
¿Vas el jueves, al taller?
Si, supongo.
Vos escribís re bien, boluda. No tenés buenas lecturas pero no te hacen falta. Escribís mejor que yo.
Bueno, gracias.
No me agradezcas. Igual estás condenada. La gente con talento nunca llega al tilt porque se queda en ese estrato. Como infantilizados. Como pelotudizados con los canales creativos. Es más fácil que yo encuentre el tilt a que lo encuentres vos. Para ser inmortal tenés que renunciar a tu talento. A tu poder en este mundo. A coger, a todo.
No se, no creo en esas cosas. Ni en la inmortalidad ni en el talento.
Vos porque estás mal. Sufrís mucho porque sos re sensible. Perdoname por pasarte esa novela, pensé que te iba a servir. Qué se yo, te veo y… tenés tanta confusión. Sobre todo tu energía sexual, está súper distorsionada. Te ves de una manera pero sos de otra.
Bueno, dejame leer el cuento y me voy.
No, esperá. Tenés unas tetas hermosas. Tu cara es como agresiva. Como de turca ¿no? Pero mirá las tetas que tenés.
Levantó las dos manos y estrujó el aire alrededor de mis tetas.
No pienses más en mujeres. Vos tenés que estar con hombres. Con todos los que puedas.
Bueno, frenate ahí. No me gusta que se metan con mis elecciones personales.
Lo tuyo no es una elección. Es una distorsión.
Sos un pelotudo, no tengo por qué bancarme esta mierda.
Esperá.
Me besó las manos.
Sentate y leelo, dale… por favor. Pero en voz alta leelo. Es para curarte. Vas a ver cómo se te pasa toda la mala vibra. Promesa. Oración por oración.
Era una historia de cinco páginas de word. Un hombre abducido y sometido a experimentos por alienígenas en el desierto pampeano, conoce a una mujer, también abducida. La viola y ella sufre pero después se enamora. Al tiempo les nace un hijo. Los alienígenas los mantienen cautivos en la nave madre sin alimentos ni agua. Intentan resistir las privaciones dignamente pero al cabo de unos días la mujer devora al bebé. EL hombre, desesperado, la mata y la devora también. Tenía problemas de sintaxis y estaba sobreadjetivado.
Mientras leía, Fabián se masturbaba.
¿Te puedo tocar un pezón, así sobre la ropa? Me lo preguntó ya acariciándolo. Le saqué los dedos y seguí leyendo, sin prestarle atención, hasta que estuvo por acabar.
Mirame, por favor. Mirá como sale, me dijo y me salpicó la barbilla y el hombro.
Se tiró en la cama, agotado.
¿Te dije que ahora con esto que hicimos abrimos un canal de energía?
Qué bueno. Entonces me voy.
Uy, te manché. Perdóname.
Todo bien. Bueno, chau.
¡Pará!
Se enderezó de golpe.
¿Y?
¿Qué?
Decime qué te pareció.
La historia está buena pero le ponés demasiados adjetivos.
El cuento no, boluda, qué me chupa el cuento. Decime vos, cómo te sentís vos, ahora.
No se. Igual.
No podés sentirte igual.
No se, no siento nada especial. Estoy cansada.
Me agarró la cabeza y me besó en la boca, metiéndome la lengua. Lo arañé y le di un rodillazo en la entrepierna.
Esto que hicimos es muy groso, pelotuda, gimió, medio doblado. Es abrir un canal de energía inconsciente ¿entendés? Con sexo y con palabras.
Se restregó los párpados. Avanzó de nuevo y yo me puse en guardia. Me esquivó dando un rodeo y fue rengueando hasta la impresora. La cargó, cliqueó en el archivo y el cuento salió en papel, página a página.
¡Es increíble! ¿Entendés lo que está pasando?
¿Qué?
¡Estás llena de mierda! ¡Estás cerrada a cualquier mejoría!
Me voy, Fabián.
Si. Andate de una vez, forra. Enferma.
Caminé hasta la puerta de calle, creyendo que me seguía. Esperé un minuto y no apareció. Volví a la habitación. Estaba sentado al borde de la cama con los ojos cerrados. Rompía las hojas en pedacitos minúsculos.
Andate. No puedo hacer nada por vos. Estás toda bloqueada. Sos una distorsión con tetas.
Abrime la puerta si querés que me vaya, mogólico.
Se paró, todavía con los ojos cerrados y caminó, tanteando los muebles.
En la calle, sentada contra la reja de la casa de enfrente, estaba Jimena, la hermana de Fabián. Nunca nos habíamos presentado, la conocía por fotos de Facebook. En persona era alta, hermosa, no se parecía en nada al gnomo infradotado de su hermano. Vino rápido, sin sacarle la vista de encima. Llevaba una micro mini y unas botas blancas muy grasas.
¿Qué te pasa ahora, monstruo? ¡Abrí los ojos!
Él siguió con los párpados apretados y ella se encaró conmigo, alzando un puño.
¿Y vos? ¿Vos sos la negra puta que le vende esa mierda?
Fabián abrió los ojos y nos miró, confuso. En dos segundos se metió de nuevo en la casa y cerró con llave. Jimena golpeó y pateó un montón, hasta cansarse.
¡Psicótico de mierda! ¡Te voy a internar, me oís! ¡Te juro que te voy a internar!
Algunos vecinos habían salido a la puerta y cuchicheaban.
Y a vos te voy a meter presa, negra de mierda.
Yo no vendo nada, dije riéndome como una idiota. La situación me parecía irreal y no podía concentrarme en elaborar ninguna defensa.
Ya vas a querer vender mierda adentro de la cárcel, hija de puta.
Me arrastró por el pelo. Nos trabamos hasta que ella me hizo una llave, yo caí boca abajo y me pateó las costillas. Quedé doblada de dolor. Arrodillándome a medias me abracé a sus muslos, largos y blancos. Hundí la cabeza entre sus piernas y aproveché para olerla y besarla. El dolor se me pasó instantáneamente.
¡Qué carajo hacés, inmunda, degenerada! ¡La puta que te parió!
Jimena era fuerte pero yo también. Le mordí el pubis y froté toda mi cara contra el calzón. Olía suave, a protector diario. Deslicé la lengua por debajo de la tela, chupé y besé lo que pude. Ella me arrancaba mechones de pelo y pedía auxilio. No duró tanto como me hubiese gustado, algo pasó a mis espaldas, alguien vino y desenchufó.
¿Cómo vas a hacer eso? ¿Estás enferma, querida? Eso es violar. Yo voy a salir de testigo, que quisiste violar a esa chica. Disculpame pero no voy a vivir con la consciencia tranquila si no le salgo como testigo. Yo te vi que vos te le tiraste encima. Si estás enferma o medicada, la verdad, eso no es mi problema, ni tampoco el de la chica, pobre santa. No podés ir por la vida enloqueciendo a los demás porque vos estás loca. Por favor.
La vieja se alejaba, se volvía cada vez más alta. Me paré de golpe y fui más alta que ella, por dos cabezas. Al rato me costó sostenerme y terminé sentándome en la vereda, contra la pared.
Mirá, que se yo. Lo siento mucho. Yo sé que es una enfermedad, lo que hiciste. Tenés que tratarte, sabés. Con un psicólogo. Hay buenos psicólogos que no son tan caros. Podés ir al colegio de psicólogos que dicen que es gratis.
Tenía el pelo rubio, quemado por la permanente. Además de nosotras no había nadie.
¿Dónde están Fabián y Jimena, donde se fueron?, pregunté.
La chica fue a la comisaría, acá a cinco cuadras. Al final fue ella porque pidió un móvil por teléfono hace como una hora y no vino nadie. Así estamos. Si no hay un cadáver no vienen estos mafiosos. No se puede hacer nada, la gente no tiene poder para hacer nada con su vida. Para eso pagamos, te das cuenta. Es una vergüenza, por Cristo.
Se pasaba un fierro ancho y largo de una mano a otra. Temblaba, era demasiado pesado para ella pero insistía en esa acción tan antinatural. Como esperando algo de mí.
Usted me pegó con eso, dije, estirando una mano para tocarlo. Ella se hizo atrás.
Si, querida. Disculpame. La verdad, qué te puedo decir. Te lo buscaste vos. Yo se que es una enfermedad, pero pobre piba. La traumaste. Por el resto de su vida.
Estaba anocheciendo. Me paré de nuevo y me bajó la presión.
Quedate quieta ahí, hasta que venga la policía. Ahora seguro viene una ambulancia también... qué desastre, por Dios, qué locura.
Me siento mal. Tengo sed.
Quedate acá que yo cruzo y te traigo agua. Yo vivo acá enfrente. Cruzo y te traigo, ¡no te muevas! No te muevas mucho a ver si te me quedás dura, qué horrible, Cristo. Qué injusticia, por Dios, qué locura que estamos viviendo.
Se fue dando pasitos cortos, de loro. Cuando se perdió de vista me puse en cuatro patas y fui gateando muy despacio, por la vereda. Empecé a ver zapatos, zapatillas. Piernas a cada costado, apartándose y despejándome el camino. Nadie me detenía y tampoco me ayudaban. Escuché la sirena de la patrulla. No la pude ver por la pared compacta de piernas que seguían sumándose a mis costados, en silencio, apareciendo de la nada delante de mí, solamente para abrirse y darme paso.
5 comentarios:
Buenisimo, genial, me diverti leyendolo.Estaria para hacer un corto, escribis muy bien, me hizo gracia porque yo tambien tengo un librito de Lovercraft que no termine de leer.
me alegro escabio!!!! gracias por leerla, soy consciente de que es re larga pero me super alegro que te divierta, abrazo enorme!!!
qué cara de odio reprimido que tiene HP en esa foto, por favor. Le re doy.
¿Será odio lo de la cara de HP? ¿O será resentimiento?
¿Qué será será? ¿Mamá imaginará?
Saludos
J.
te va a agarrar cancer en la concha si seguis puteando asi, hija de puta!
Saludos
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