Hasta los 9 años dibujaba muy bien. Las maestras me elogiaban y mis compañeros me pedían que les copie tal o cual personaje en sus cuadernos. Me preguntaban si estudiaba dibujo y yo mentía que sí, porque me parecía que me daba más chapa.
La realidad era que siendo hija única y con padres ausentes durante casi todo el día, pasaba mucho tiempo sola, en el living de mi casa mirando tele, esperando principalmente la hora de los dibujos animados. Los colores, las formas, la realidad a mi parecer era más apreciable en dos dimensiones. Intentaba memorizar los personajes de La Liga de la Justicia, en especial la Mujer Maravilla y Aquaman -mis favoritos- y después los pasaba a papel. También copiaba las figuras de mis libros de lectura, de las historietas de Disney que cada tanto me compraba mi mamá y de las revistas de mi padre: Condorito, Patoruzú y las aventuras de Isidoro.
Alquilábamos una casa en Olivos pero mi familia era pobre. No teníamos auto ni tele a color, no íbamos a ningún lado de vacaciones, ni me llevaban seguido a Pumpernic ni al Italpark ni a la República de los Niños, que hasta donde recuerdo constituían más o menos el universo infantil de aquel entonces. Pero yo no me daba cuenta de los pocos recursos con los que contaba para disfrutar de mi niñez. Escuchaba los cassettes de mi primo, que desde los 11 años vivía con nosotros y trabajaba desde los 13, adquiriendo su propia música y su autonomía cultural del entorno mediocre y deprimente de mis padres. Tenía a los Beatles, Kiss, The Police, Blondie, Kate Bush y mientras él trabajaba, hasta su regreso a las tres de la tarde, yo curioseaba en su mesita de luz, manipulando con cuidado su grabador Crown Mustang, aprendiendo a apreciar lo que hoy considero una de las cosas más importantes de mi vida, la música. El resto de la tarde lo dedicaba por entero al dibujo, hasta la cena.
Mi mamá no escatimaba en la compra de materiales, cuadernos, fibras, lápices de colores porque después de todo era una forma fácil de mantenerme ocupada y que no le rompiera la concha.
Cuando cumplí los nueve nos desalojaron y tuvimos que trasladarnos a un barrio precario del conurbano, donde los terrenos eran económicos. La vivienda fue construyéndose de a poco, durante el año 83 y mientras tanto vivíamos en la casa de nuestro vecino, en una habitación fría, sin revocar, con piso de cemento, con el baño fuera de la casa. Era un viejo tucumano muy supersticioso. Trabajaba en un aserradero y tenía a su cargo a dos nietos adolescentes que su hijo mayor había abandonado, huérfanos de madre, además de sus otros dos hijos de veintipocos años. Mi primo zafó de esta mierda, había cumplido dieciocho y consiguió un empleo a tiempo completo de cadete y una vivienda compartida en Capital Federal.
Nunca me adapté al cambio, por varias razones. La principal, aunque mueva a risa: en esa casa no podía ver tele. Nuestra televisión se estropeó durante la mudanza y la única tele de nuestro vecino era acaparada por sus nietos adolescentes. Ellos a veces ponían algún programa de dibujitos como cebo para atraerme pero en cuanto yo aparecía, cambiaban de canal o apagaban el aparato. Los divertía bastante mi frustración. Pero mi propio hambre de diversión, de fantasía, no se saciaba con nada; nada que ver, nada que escuchar excepto a los adultos que me rodeaban. Fue el inicio de mis problemas de adaptación y de las recurrentes peleas de alto voltaje con mi mamá.
Al viejo tucumano le inspiraba un profundo rechazo esta situación, le resultaba intolerable la existencia de una criatura, una mocosa de nueve años contestándole a su madre. Su conclusión fue que yo estaba poseída por el demonio y necesitaba palizas constantes para amoldarme a mis actuales circunstancias. Y así se lo explicó a mi madre, que estuvo de acuerdo pero se encontraba impedida por una política rígida de cero golpes, por haber sido ella una niña golpeada. El que imponía autoridad de tanto en tanto era mi papá, y bastaban algunos cintazos o un buen par de bofetadas; y por el tamaño y el peso de su mano siempre preferí el cinturón.
Muchas veces vi al abuelo reventar a trompadas a sus nietos hasta hacerlos sangrar, para sacarles el Diablo del cuerpo. Todavía tengo el recuerdo fresco, la sensación de impotencia, el asco de presenciar un castigo corporal extremo. Y ver que ellos no lloraban, que aguantaban el llanto. Aprendí. Tuve conocimiento del poder del abuso, del quebrantamiento de un carácter. Y toda la pelotudez que me puedas argumentar me la paso por el orto: ese es el mundo real. Así se mantiene el orden. Todo El Orden. A través del abuso y el sometimiento. Después de estar expuesta a cosas semejantes mi necesidad de fantasía se acrecentó y continúa hasta hoy. No soporto un día sin limar, soñar despierta con cualquier cosa, aunque sea un rato. Usualmente lo hago por horas. Y si me lo permiten, todo el puto día.
Otra razón (tal vez de mayor peso aunque la ponga en segundo lugar por considerar prioritaria mi urgencia de esparcimiento); el alcoholismo incipiente de mi padre, exacerbado en ese rincón invisible del GBA. Acá no había por qué que caretearla tanto como en Olivos. La gente era más parecida a él. Los fines de semana todo el mundo se emborrachaba y se golpeaba con alguien, todos escuchaban cumbia o chamamé a un volumen inaudible de alto. Todos eran pobres y habían sido derrotados por el mismo sistema; el standard de vida civilizado y deseable de la clase media argentina.
El poco ingreso con el que contaba mi familia, mi mamá decidió emplearlo en mi educación. Me inscribió en un colegio privado que no podíamos costear pero conseguí media beca por mi, en apariencia, alto cociente intelectual. Es la versión de mi madre, una mujer ciertamente mitómana y depresiva. En esa institución fui discriminada por pobre, morocha y fea. Sufrí acoso escolar hasta que abandoné el colegio, a principios del segundo año de secundaria, con gran decepción de mi madre depresiva y mi padre alcohólico. Me recordaban cada vez que podían el esfuerzo y el dinero invertido en vano, lo frustrante de haber confiado sus sueños de redención filial a un intelecto vago y egoísta como el mío.
El año del advenimiento de la democracia pasamos hambre y frío, carencias de todo tipo y mi ansiedad creativa se aplacó. Pero seguí intentando dibujar con lo que tenía a mano. Les robaba fibras a mis compañeros de clase más pudientes, que jamás echaban cosas así en falta.
Un sábado por la mañana cercano a la primavera -y me acuerdo bien porque los sábados a la mañana yo solía ver dibujitos y ese sábado de mierda no estaba viendo dibujitos- mi papá me encontró dibujando en mi carpeta de clases. Copiaba un perro de mi libro de lectura, con total concentración, sufriendo por no poder imitar al detalle la línea sutil del pelaje. Mi papá, despierto y más o menos fresco, captó mi dificultad. Me quitó el lápiz y la carpeta y me dijo que me iba a enseñar cómo hacerlo bien. Estábamos en el patio de la vivienda, solos, sentados a una mesa de madera sucia. Mi papá borró a medias mi trabajo y fue trazando líneas toscas con la convicción de un fanático en su habilidad técnica. Lo poco que había conseguido por mi cuenta quedó estropeado pero a él su corrección le pareció excelente y estuvo un rato celebrándola. Entonces desperté a mi condición real.
Todas las carencias que no había advertido de más chica, toda la fealdad, la depresión, las necesidades frustradas estaban ahí, encarnadas en mi padre, en su afán por enseñarme algo de lo que no tenía idea. De golpe el asunto saltaba a la vista. Yo era pobre, mi familia era una mierda y no había escapatoria posible; porque la persona que me había tocado en suerte para alimentar mi deseo de hacer algo no tenía nada para ofrecerme y ni siquiera se daba cuenta.
Probablemente en mi cabeza la noción no fue tan clara, pero en mi corazón sí. Por eso no volví a dibujar, nunca más.
La realidad era que siendo hija única y con padres ausentes durante casi todo el día, pasaba mucho tiempo sola, en el living de mi casa mirando tele, esperando principalmente la hora de los dibujos animados. Los colores, las formas, la realidad a mi parecer era más apreciable en dos dimensiones. Intentaba memorizar los personajes de La Liga de la Justicia, en especial la Mujer Maravilla y Aquaman -mis favoritos- y después los pasaba a papel. También copiaba las figuras de mis libros de lectura, de las historietas de Disney que cada tanto me compraba mi mamá y de las revistas de mi padre: Condorito, Patoruzú y las aventuras de Isidoro.
Alquilábamos una casa en Olivos pero mi familia era pobre. No teníamos auto ni tele a color, no íbamos a ningún lado de vacaciones, ni me llevaban seguido a Pumpernic ni al Italpark ni a la República de los Niños, que hasta donde recuerdo constituían más o menos el universo infantil de aquel entonces. Pero yo no me daba cuenta de los pocos recursos con los que contaba para disfrutar de mi niñez. Escuchaba los cassettes de mi primo, que desde los 11 años vivía con nosotros y trabajaba desde los 13, adquiriendo su propia música y su autonomía cultural del entorno mediocre y deprimente de mis padres. Tenía a los Beatles, Kiss, The Police, Blondie, Kate Bush y mientras él trabajaba, hasta su regreso a las tres de la tarde, yo curioseaba en su mesita de luz, manipulando con cuidado su grabador Crown Mustang, aprendiendo a apreciar lo que hoy considero una de las cosas más importantes de mi vida, la música. El resto de la tarde lo dedicaba por entero al dibujo, hasta la cena.
Mi mamá no escatimaba en la compra de materiales, cuadernos, fibras, lápices de colores porque después de todo era una forma fácil de mantenerme ocupada y que no le rompiera la concha.
Cuando cumplí los nueve nos desalojaron y tuvimos que trasladarnos a un barrio precario del conurbano, donde los terrenos eran económicos. La vivienda fue construyéndose de a poco, durante el año 83 y mientras tanto vivíamos en la casa de nuestro vecino, en una habitación fría, sin revocar, con piso de cemento, con el baño fuera de la casa. Era un viejo tucumano muy supersticioso. Trabajaba en un aserradero y tenía a su cargo a dos nietos adolescentes que su hijo mayor había abandonado, huérfanos de madre, además de sus otros dos hijos de veintipocos años. Mi primo zafó de esta mierda, había cumplido dieciocho y consiguió un empleo a tiempo completo de cadete y una vivienda compartida en Capital Federal.
Nunca me adapté al cambio, por varias razones. La principal, aunque mueva a risa: en esa casa no podía ver tele. Nuestra televisión se estropeó durante la mudanza y la única tele de nuestro vecino era acaparada por sus nietos adolescentes. Ellos a veces ponían algún programa de dibujitos como cebo para atraerme pero en cuanto yo aparecía, cambiaban de canal o apagaban el aparato. Los divertía bastante mi frustración. Pero mi propio hambre de diversión, de fantasía, no se saciaba con nada; nada que ver, nada que escuchar excepto a los adultos que me rodeaban. Fue el inicio de mis problemas de adaptación y de las recurrentes peleas de alto voltaje con mi mamá.
Al viejo tucumano le inspiraba un profundo rechazo esta situación, le resultaba intolerable la existencia de una criatura, una mocosa de nueve años contestándole a su madre. Su conclusión fue que yo estaba poseída por el demonio y necesitaba palizas constantes para amoldarme a mis actuales circunstancias. Y así se lo explicó a mi madre, que estuvo de acuerdo pero se encontraba impedida por una política rígida de cero golpes, por haber sido ella una niña golpeada. El que imponía autoridad de tanto en tanto era mi papá, y bastaban algunos cintazos o un buen par de bofetadas; y por el tamaño y el peso de su mano siempre preferí el cinturón.
Muchas veces vi al abuelo reventar a trompadas a sus nietos hasta hacerlos sangrar, para sacarles el Diablo del cuerpo. Todavía tengo el recuerdo fresco, la sensación de impotencia, el asco de presenciar un castigo corporal extremo. Y ver que ellos no lloraban, que aguantaban el llanto. Aprendí. Tuve conocimiento del poder del abuso, del quebrantamiento de un carácter. Y toda la pelotudez que me puedas argumentar me la paso por el orto: ese es el mundo real. Así se mantiene el orden. Todo El Orden. A través del abuso y el sometimiento. Después de estar expuesta a cosas semejantes mi necesidad de fantasía se acrecentó y continúa hasta hoy. No soporto un día sin limar, soñar despierta con cualquier cosa, aunque sea un rato. Usualmente lo hago por horas. Y si me lo permiten, todo el puto día.
Otra razón (tal vez de mayor peso aunque la ponga en segundo lugar por considerar prioritaria mi urgencia de esparcimiento); el alcoholismo incipiente de mi padre, exacerbado en ese rincón invisible del GBA. Acá no había por qué que caretearla tanto como en Olivos. La gente era más parecida a él. Los fines de semana todo el mundo se emborrachaba y se golpeaba con alguien, todos escuchaban cumbia o chamamé a un volumen inaudible de alto. Todos eran pobres y habían sido derrotados por el mismo sistema; el standard de vida civilizado y deseable de la clase media argentina.
El poco ingreso con el que contaba mi familia, mi mamá decidió emplearlo en mi educación. Me inscribió en un colegio privado que no podíamos costear pero conseguí media beca por mi, en apariencia, alto cociente intelectual. Es la versión de mi madre, una mujer ciertamente mitómana y depresiva. En esa institución fui discriminada por pobre, morocha y fea. Sufrí acoso escolar hasta que abandoné el colegio, a principios del segundo año de secundaria, con gran decepción de mi madre depresiva y mi padre alcohólico. Me recordaban cada vez que podían el esfuerzo y el dinero invertido en vano, lo frustrante de haber confiado sus sueños de redención filial a un intelecto vago y egoísta como el mío.
El año del advenimiento de la democracia pasamos hambre y frío, carencias de todo tipo y mi ansiedad creativa se aplacó. Pero seguí intentando dibujar con lo que tenía a mano. Les robaba fibras a mis compañeros de clase más pudientes, que jamás echaban cosas así en falta.
Un sábado por la mañana cercano a la primavera -y me acuerdo bien porque los sábados a la mañana yo solía ver dibujitos y ese sábado de mierda no estaba viendo dibujitos- mi papá me encontró dibujando en mi carpeta de clases. Copiaba un perro de mi libro de lectura, con total concentración, sufriendo por no poder imitar al detalle la línea sutil del pelaje. Mi papá, despierto y más o menos fresco, captó mi dificultad. Me quitó el lápiz y la carpeta y me dijo que me iba a enseñar cómo hacerlo bien. Estábamos en el patio de la vivienda, solos, sentados a una mesa de madera sucia. Mi papá borró a medias mi trabajo y fue trazando líneas toscas con la convicción de un fanático en su habilidad técnica. Lo poco que había conseguido por mi cuenta quedó estropeado pero a él su corrección le pareció excelente y estuvo un rato celebrándola. Entonces desperté a mi condición real.
Todas las carencias que no había advertido de más chica, toda la fealdad, la depresión, las necesidades frustradas estaban ahí, encarnadas en mi padre, en su afán por enseñarme algo de lo que no tenía idea. De golpe el asunto saltaba a la vista. Yo era pobre, mi familia era una mierda y no había escapatoria posible; porque la persona que me había tocado en suerte para alimentar mi deseo de hacer algo no tenía nada para ofrecerme y ni siquiera se daba cuenta.
Probablemente en mi cabeza la noción no fue tan clara, pero en mi corazón sí. Por eso no volví a dibujar, nunca más.
5 comentarios:
Si me lo preguntas, es una muy buena razón para haberlo hecho. Más allá de todo lo que pudo haber pasado, o no, después de ese día.
No importa nada, ya estaba arruinado.
Saludos
J.
Si, lo que es, es. Muchas gracias, José, un abrazo!
Hola, esa putada de hacernos creer que seríamos dibujantes nos la hicieron a todos. Nunca es tarde para vivir una infancia feliz. Jeje.
Bueno, gracias por el comentario, guachina. Yo tambien deje de meterme en blogs, pero si subis alguna historia nueva seguro la leo con ganas. Nos vemos por alli o por allo
Buen texto, che. Escribís muy bien. Me re metí. Gracias. Saludos.
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